lunes, enero 31, 2005

XII

Estoy sentado aquí, con un café recalentado, frente a la computadora, pensando en como contarles el resto… no debí prometérselos, lo hubiera dejado con la muerte de Geraldine y después, con el último recuerdo que tengo de ella. Así, hubiera abusado de un final ambiguo y oscuro, que podría satisfacer a la mayoría, más no a los más exigentes. Dirían que él se fue cansado de su historia, que se fue a solucionar lo suyo, a buscar su propia vida, a soñar con historias de universos paralelos que sabemos no existen, en esta y otras vidas reales, cuantas vidas puedan existir así como todo día nace gente caminando, conduciendo al trabajo, meditando mientras esperan el metro —el orange limousine—, sin la posibilidad de transformar un suéter azul, en rojo. Entonces dirán que nada de esto ocurrió en realidad, que fue el pequeño impulso de un hombrecito aburrido que, a contrario de lo que dice, continua en su oficina, editando un casting de doscientas veintiun personas.

Ayer, hace dos meses, estuve sentado en esa banca recordando a mi Geraldine. Se me hizo de día cuando un sol iluminó las nubes grises de invierno. En algún lado quería proponer un rayo completo… pero las nubes, tercas, tapaban toda señal de su existencia. Como complice de las nubes, un humo se escapaba de mis labios y mis fosas nasales para perderse en la humedad. Mis manos y mi cara tenían frío, mis labios temblaban ligeramente. Mis nalgas tenían rato que se habían entumido ya, con el metal de la banca y… hoy puedo recordarlo todo.

Recuerdo también, que no sentía nada de eso, nada del frío, ningún diario en las manos, ningún nada…

Estuve sentado en esa banca, esperando que Ayer apareciera, que el anuncio de su muerte fuera una broma de esas crudas, que les haces a tus amigos y enemigos de confianza. Y nunca apareció. La historia de Ayer había terminado y yo era una clase de punto final. Nunca supe como empezó, nunca supe porque yo debía terminarla… ¿o era yo el inicio? Eso esta por verse, pero no será hoy… ni fue aquel día, con mis manos sosteniendo su diario. Me levanté y me fui a casa, después de un rato más de frío, no sin antes mirar atrás, esperando que mi mirada fuera lo suficientemente respetuosa al fantasma de Geraldine.

Cuando llegué, la señora de las hijas muertas dormitaba en su sillón, con las luces aún prendidas, y el sol tan débil, entrando por la ventana. Ese cuadro de luces me recordó a mi madre cuando decía que estaba pensando, no dormitando, sino pensando y sentí amor, amor genuino por ella y por la señora, como si el tiempo y leyes que desafían la genética, las hubiera convertido en una sola. Tomé una de las mantas y la deslicé suavemente, por temor a despertarla, para cubrirla con ella. La señora de las hijas muertas no se dio por enterada, siguió meditando, como si estuviese muerta. Me quedé mirándola un rato más y después apagué las luces, subí a mi cuarto, arrojé el diario de Ayer y me metí a dormir, sin siquiera desvestirme.

Me despertó el celular, contesté y era mi jefe preguntándome si pensaba ir a trabajar el día de hoy, miré el reloj, eran las tres y un poco más, le respondí que no, que no iría a trabajar algunos días porque no me sentía bien. Colgué, sin dar más explicaciones y busqué mis cigarrillos. Saqué uno y lo doblé casi en dos, con mis dedos torpes de sueño, pero no me importó… así lo prendí. Me recosté y me froté los ojos, estaban hinchados, había llorado en algún momento de un sueño imposible de recordar. Eso no lo hacía desde que Agustín, mi hermano, se había perdido. Fumé y miré el techo. Fumé y me froté los ojos. Fumé y me levanté.

Cuando bajé las escaleras, la señora de las hijas muertas ya estaba platicando con los sillones vacíos frente a ella. Estaba hablando con Estefania, estaba reprendiéndola por algo que había hecho cuando era niña. Le escuché un rato y entonces ella me miró a los ojos, pero no estaba con ella… entonces, me desperté. Esa mirada, esas actitudes… —Como pude ser tan pendejo —, me dije en voz baja. La señora de las hijas muertas, la madre de Geraldine, mi propia madre cuando supo la muerte de Agustín… hice los sillones a un lado, como un bruto, la furia escapándose de los ojos y tomé por la ropa a la madre de Natalia, de Estefania, de Geraldine y de Agustín, porque eran una sola, en ese momento eran una sola… y la señora continuó hablándole a Estefania, aún teniéndola bien ceñida, lastimándole por la ropa que le torcía alrededor del cuello. Le grité pidiéndole las explicaciones que ella no podía dar y lo sabía, porque ella y yo, éramos víctimas de algo más allá que aún estaba por descubrirse. No escuché que la puerta se abrió, no sentí a Ulises apartándome de ella...

—¡Dime! —exclamé—, ¡dime lo que sabes de los tatuajes! ¡qué sabes de los muertos!

Ulises me aventó contra una de las columnas de la casa y nos miramos un momento, su rostro era algo parecido al asombro. Esperaba que me corriera de la casa, que tomara el teléfono y llamara a la policía. Esperaba, incluso, que me matara.

—Por eso, Estefanía, nunca juegues con navajas… nunca.

—Tenemos que hablar —dijo Ulises, se apartó el cabello despeinado de la frente y fue a la cocina, se quedó pasmado un momento antes de poner agua a hervir, yo continué tirado, sentado contra la columna—. Tenemos que hablar…

viernes, enero 28, 2005

XI

No he dormido en varios días, o tal vez… años. Quizás nunca he dormido. He de confesarles que abandoné mi trabajo y el estudio. No fue un deseo. Era algo que tenía que hacerse. No fue que me sentí dueño del mundo, de la realidad o del universo. Nunca podría sentirme Dios. He vivido escondido, en casa de un viejo amigo, estos días. Pérez-Moldován, me sigue buscando, puedo sentirlo. Ya no tiene caso relatar mi vida… si antes era aburrida, ahora se ha vuelto el argumento de una película que pocos entenderían. Lleno de fragmentos de espejos rotos, tirados en el piso de algún baño, donde una mujer y su hombre discuten porque el aniversario, y el divorcio, y elegiste una mala fecha para hacerlo hijo de puta. Me he convertido en una película de cinco pesos, en algún auditorio, de alguna universidad, donde habrá jóvenes comprensivos con el afán de mirar entre líneas, ¿sería más correcto decir “entre fotos”? Esos jovenes que gusten de buscar un significado al juego de un director, de un guionista, de unos actores crueles, que aún buscan el propio y se burlan de su audiencia en el proceso.

Esa noche, al dejar la casa de Geraldine, regresé al parque donde Ayer se despidió de mi y mantuve firme, en mis manos, su diario. Deseaba creer que esa era la única conexión con la realidad que tenía y en este momento, el cuadernillo de tapa dura me guiña el ojo, desde la mesita que mi amigo utilizaba como un arrumbador de ropa sucia. Puedo ver mis manos aún marcándolo. No lo he abierto, porque ya sé de antemano, así como ustedes, lo que se encuentra escrito. Esa fue la noche más larga de mi vida.

A Geraldine la conocí un día que me encontraba aburrido, en mi oficina, uno de tantos días que me decidí iniciar un experimento. Sé que no soy escritor, pero he hecho tantos de esos experimentos que pareciera que si. Compré un cuaderno e inicié una novela, con unas cuantas líneas escritas en el papel y dos tomos escritos, aquí, en mi cabeza. Es lo mismo que abrir un blog, una bitácora, y escribir durante unos meses cualquier historia que se nos ocurriera un buen día, incluso la historia de lo que llamamos vida.

La historia trataba de un peleador callejero, él era rudo, casi lo puedo ver como verme a mi mismo. Un tipo de complexión atlética, con el cabello casi rapado, y cicatrices manchando su cuerpo. Su misión era proteger a una prostituta que él amaba… No, una puta. No era una prostituta, era una puta. Y no era amor, era una obsesión. Él salía a pelear en las calles, todas las noches, para limpiarse esa obsesión enfermiza que él tenía por ella. Ella, sin embargo, trataba de demostrarle que su amor consistía en quererlo… por eso se acostaba con más hombres. Para ella, amar no estaba en el cuerpo, no estaba en el acto físico, estaba en … quererlo. Bonito círculo vicioso, algún día, si regreso a casa y si salgo vivo de esta, me prometo regresar a mi vida aburrida, donde aprovechaba cada descanso para agregar o meditar unas cuantas líneas a esos proyectos inconclusos.

Geraldine sufrió los efectos secundarios que esa historia me había provocado. Aún me recuerdo sentado, en aquella banca, con el diario de Ayer encadenando mis manos, repasando esta misma historia que estoy contando: aquella vez que la conocí. Aún me recuerdo, recordando como salí esa noche al supermercado con la tormenta de ideas nublándome la cabeza. En ese momento no era yo, en ese momento era el peleador callejero empujando un carrito de súper, apretando demasiado los aguacates y aventando los plátanos en el carrito porque tenía que limpiarse de una enfermedad. Y una pobre chica de cabellos rizados y pintados de rojo. Una pobre chica blanca con pecas en el rostro. Una pobre chica con la suficiente edad para decidir si se acostaba conmigo o no, se me acercó, con un gesto de reconocimiento en el rostro.

Se acercó la pobre puta.

—Tú eres el chico que trabaja en el casting… —empezó, y me siguió en el camino a los grandes botes de leche, que eran como las pesas que mantenían mis músculos para las difíciles jornadas nocturnas de violencia y lo recuerdo, porque había una parte que se negaba a dejar de ser yo… no el callejero—. Yo he ido a hacer uno que otro, nunca me he quedado… pero estoy estudiando teatro, porque me gustaría un día aparecer en la tele, o incluso… no sé si tú me pudieras ayudar, aconsejándome un poco… si conoces algún buen profesor de teatro o alguna escuela, y si…

—Pobre puta.

—¿Perdón?

—Pobre, pobre puta —Le dije secamente y luego me di cuenta. El valiente luchador, con media bola de queso oaxaca en las manos, miró como se sonrojó y suspiró. Suspiré. Ya no había valiente luchador y su lugar fue reemplazado por un joven solitario, cuyo hermano había muerto. Había arruinado una magnífica oportunidad de no hacer el super yo solito, como los hombres de las estadísticas. Antes que ella pudiera replicar, preferí darle los motivos para arruinarlo por completo, para que ella saliera huyendo y no se convirtiera en la imagen del personaje en la novela—. No me acuesto más que con putas.

Ella quiso abrir la boca y no pudo. Ella abrió la palma de la mano y, como el reflejo de un animal herido, la cerró. Sonreí, arruinándolo más y pareciera que en ese momento, todos en el super nos estaban mirando, esperando la cachetada reflejo y la serie de groserías concatenadas que serían vomitadas en mi rostro. Recuerdo que pensé, sentado en aquella banca, con las manos quemando el diario de Ayer, que si esa fuese una película francesa me hubiera tomado el rostro y me hubiera besado.

—¿Me tengo que acostar contigo para quedarme en un comercial?

Bellísimo.

—Depende… —alcé las cejas y la miré—. ¿Qué tan puta eres?

Ella entrecerró los ojos e hizo un gesto con el rostro, que nunca se repetiría jamás… porque Geraldine nunca replicaba, Geraldine cuando se enojaba, se quedaba callada… Geraldine…

—¿Qué tan puta me quieres?

Aquél que estaba sentado en aquella banca, con aquél diario en aquellas manos petrificadas… se rió al recordarlo y se inventó la respuesta que no tendría oportunidad de decirle—: Tan puta como seas posible. Y no existía ningún hubiera que pudiera salvar la muerte de Geraldine, no había “hubiera” o “universo paralelo” que transportara al chico del diario en las manos, aquel que está escribiendo en este instante, aquel valiente peleador que destrozaba los aguacates con apretarlos y soportaba la humillación de hacer las compras, solo. Aquél que soñó una noche con Ayer y con que podía cambiar la realidad, con tan sólo desearlo. Y este, es el último recuerdo que te dedico, mi Geraldina, mi Geralda, mi Yeraldin… porque es hora de terminar esta historia, la historia de Ayer. Destino no tarda en llegar… y debo detenerle, debo aceptar mi ciclo, debo destruír a Pérez-Moldován.

sábado, enero 22, 2005

X

Han pasado dos meses desde que inicie mi relato, desde que empecé a escribir las palabras que tenía escondidas acerca de lo que realmente me sucedía día a día. Han pasado dos meses, aunque no se sienten como tal… soy un cliché, pero es así de simple: Han pasado años en esos meses y en el primer día, tan sólo era un chico aburrido de su trabajo, de su escuela, de su amiguita pa’ cojer y perder el tiempo. Tan sólo era un hombre que se inventó un espacio en internet para escribirlo, como si a alguien le interesara… incluso, si fuera un léctor de esas letras, se me ocurriría que existen por ese ocio tan inhumano, por esa robotización a que el chico está impuesto. Un chico aburrido de la vida, tratando de huír de una decadencia cuyo origen está en la muerte de su hermano y la aparición de un hombre que se hizo llamar Ayer.

Creí que Ayer me había enseñado a cambiar la realidad a mi antojo, a través de mis deseos. Una tarde-noche de trabajo, me visitó Geraldine porque se lo pedí —mi amiga pa’ cojer que mencioné allá arriba—, hice que su libreto para la obra apareciera, tan sólo formulándome un simple hubiera. Y después, oh después… ¿tengo que contarles lo que sucedió? No lo haría, si me recordaran… si recordaran que la llevé al baño y la desnudé frente al espejo, e hice que su cuerpo cambiara a través de antojos banales, si se achicaban sus senos y se agrandaban sus caderas, era porque yo lo deseaba. ¡Mierda! ¡Incluso creo que la convertí en una enana!

¿Ustedes se imaginan a Dios? Yo no, yo soy agnóstico. Mi condición requiere no imaginármelo, a Él, digo… pero ustedes, ¿entre ustedes hay un buen creyente? ¿hay alguien que sea capaz de soñarlo? ¿Ustedes saben cómo se sintió Dios al despertar? Hoy si, hoy me lo imagino como un niño que un buen día, abrió los ojos en medio de una oscuridad envolvente. Debió ser muy triste sentirse y no tener luz para mirarse el cuerpo, debió ser terrible sentirse y no verse así mismo, porque la luz no existía. Él flotaba en una inmensidad desgarradora, Él era un niño que deseaba olvidarlo. Olvidarla a ella. Olvidarte Geraldine. Olvidar que tu cabeza caía como un harapo, como ropa vieja, y tu mirada vacía. Olvidar a tus padres Geraldine, olvidarlos mirando la tele, olvidar a tu madre hablando un hubiera que nunca existió.

Cuando abrió los ojos debió gritar, llorar y gimotear tanto… y en esa inmensidad oscura, él había inventado el sonido. Muchos creen que primero se inventó la luz, pero no… debió ser el sonido, debió ser Su grito. Y cuando por fin, cerró la boca y dejó de temblar, dejó de estremecerse… había envejecido siete, o diez, o quince años. Ya no era tan niño. Era un niño grande que había inventado el sonido y después fue la luz, y después fue el universo, y tanta mierda como quieran imaginar… se despertó en él, Él…

En esa infancia tan oscura, descubrió que podía hacer ríos, árboles y macetas, y seres humanos del barro, y envejecía, a su ritmo, cada que creaba algo, cada que algo mencionaba su Nombre, Él envejecía, y sólo quedaba él, en ese grito oscuro. Se evadía en esa creación, necesitaba hacerlo para no caer de nuevo a la oscuridad, Dios mío, Bendita sea tu luz, pero envejecías… ¿y si hubiera? ¿Me están agarrando la idea? ¿Y si existiera el conocimiento, el lenguaje, la capacidad de preguntarse, el tiempo y su necesidad de arrastrar el pasado? Ess muss sein! Ja! Ess muss sein!, habría dicho Dios, aún con su trampa mítica del Árbol del Bien y el Mal, el Árbol de la Ciencia, el Árbol de los Mil Nombres. A través de mis deseos, yo puedo ser Dios, yo puedo ser todo lo que yo deseé, todos son lo que yo deseé y Ayer me dejó, confidente, el conocimiento para lograrlo. Ummmm…

Ayer me abandonó, hace dos meses y Geraldine esta muerta y no lo esta, desde hace dos meses… o tal vez menos, o tal vez más. Tengo que contarles en pasado el resto… si aún quieren escucharlo, tienen que saber lo que dice el diario que escribió Ayer, tienen que saber de Perez-Moldován, tienen que saber de Destino, tienen que saber de mi hermano, tienen que saber de las hermanas, de Ulises y de su madre que habla como si estuviesen vivos, tienen que saberlo todo, aunque estas letras… cuando estén terminadas, probablemente signifiquen mi muerte. Esta es la historia de Ayer, una historia tan cruel como el juego de los deseos que inventó Dios, al despertar.