III
Los fines de semana son lentos. Son tranquilos para una persona como yo. En ellos me dedico a leer los textos que me dejan en la Universidad. A veces paso por la oficina para empezar algún trabajo, comentar algo o navegar en Internet. La oficina es como mi base de operaciones, mi sede computarizada. Los sábados en la noche, por mi carencia de amigos (curioso… me viene a la mente la imagen de mi hermano Agustín, quien era muy sociable), salgo al supermercado y hago las compras. Alguna vez leí uno de esos estudios ridículos, donde dicen que es en las noches cuando la mayoría de los adultos jóvenes (hombres) hacen sus compras. Supongo que es por el trabajo, porque el día lo ocupamos para las obligaciones más extenuantes o bien, porque a los hombres nos avergüenza que nos vean comprando y metiendo cosas en un carrito, sin ninguna pareja que nos acompañe o que elija la fruta por nosotros. A mi, mi madre me enseñó a escoger los aguacates y con eso me basta.
Hace cuatro o cinco años de esta rutina en los fines de semana.
Hoy fui a la Universidad. Mis clases son diurnas-nocturnas, con enormes separadores de tiempo libre. Hoy, por ejemplo, tengo un descanso de tres horas entre clase y clase. Descanso que ocupo para ir a la biblioteca, pasear entre facultades, buscar algo que comer o nada más sentarme en algún lugar y ver como la gente pasa, en fast forward o en slow rewind. Los miro y les envidio los cinco o siete años menos que tienen. No es nada fácil crecer, no es nada fácil ser adulto. Eso quisiera decirles con una sonrisa burlona. Y la dificultad crece exponencialmente con cada año. De ello deberían hacer algún estudio, me sacaría una enorme carcajada.
En eso estaban mis pensamientos cuando el hombre del cabello castaño claro, casi rapado, se acercó a la banca donde estaba sentado y esperando que el tiempo pasara segundo por segundo. Tres horas así pueden ser muy largas, pero soy muy paciente y sucesos extraños como ese me pueden animar el día.
—Mi nombre es Ayer, ¿cómo te llamas tú? —Me preguntó, un tanto extrañado. Le noté una cicatriz en la ceja que se le marcaba cuando fruncía el ceño. Saqué mi cajetilla de cigarros y le ofrecí uno. Él lo negó, señalando su garganta. Yo también estaba nervioso.
—Ayer es un nombre un tanto extraño —sonreí—, pretendamos que me llamo Hoy.
—Estoy aquí esperando a mi novia —dijo Ayer—, en verdad no pensaba encontrarte. Es más, nunca esperé encontrarte.
—¿De plano? —pregunté, como si tuviera idea de lo que estaba pasando. Traté de recordar el sueño, pero nada me venía a la memoria.
—Si. Ansina es —dijo. Raro—. En fin, parece que ella no vendrá… mucho gusto en conocerte Hoy. Más tarde te diré que tienes que hacer.
Asentí, lentamente, medio burlón. Qué magnífico día. Lo miré irse y perderse entre el cúmulo de imágenes, borrones de colores, que son las personas. Un sabor extraño recorría mi paladar y aunque mi cerebro seguía preguntando qué había sucedido, decidí esperar. Después de todo, era lo más interesante que me estaba sucediendo en mucho tiempo.
Hace cuatro o cinco años de esta rutina en los fines de semana.
Hoy fui a la Universidad. Mis clases son diurnas-nocturnas, con enormes separadores de tiempo libre. Hoy, por ejemplo, tengo un descanso de tres horas entre clase y clase. Descanso que ocupo para ir a la biblioteca, pasear entre facultades, buscar algo que comer o nada más sentarme en algún lugar y ver como la gente pasa, en fast forward o en slow rewind. Los miro y les envidio los cinco o siete años menos que tienen. No es nada fácil crecer, no es nada fácil ser adulto. Eso quisiera decirles con una sonrisa burlona. Y la dificultad crece exponencialmente con cada año. De ello deberían hacer algún estudio, me sacaría una enorme carcajada.
En eso estaban mis pensamientos cuando el hombre del cabello castaño claro, casi rapado, se acercó a la banca donde estaba sentado y esperando que el tiempo pasara segundo por segundo. Tres horas así pueden ser muy largas, pero soy muy paciente y sucesos extraños como ese me pueden animar el día.
—Mi nombre es Ayer, ¿cómo te llamas tú? —Me preguntó, un tanto extrañado. Le noté una cicatriz en la ceja que se le marcaba cuando fruncía el ceño. Saqué mi cajetilla de cigarros y le ofrecí uno. Él lo negó, señalando su garganta. Yo también estaba nervioso.
—Ayer es un nombre un tanto extraño —sonreí—, pretendamos que me llamo Hoy.
—Estoy aquí esperando a mi novia —dijo Ayer—, en verdad no pensaba encontrarte. Es más, nunca esperé encontrarte.
—¿De plano? —pregunté, como si tuviera idea de lo que estaba pasando. Traté de recordar el sueño, pero nada me venía a la memoria.
—Si. Ansina es —dijo. Raro—. En fin, parece que ella no vendrá… mucho gusto en conocerte Hoy. Más tarde te diré que tienes que hacer.
Asentí, lentamente, medio burlón. Qué magnífico día. Lo miré irse y perderse entre el cúmulo de imágenes, borrones de colores, que son las personas. Un sabor extraño recorría mi paladar y aunque mi cerebro seguía preguntando qué había sucedido, decidí esperar. Después de todo, era lo más interesante que me estaba sucediendo en mucho tiempo.

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