miércoles, abril 13, 2005

XVIII - La última anotación.

Este es el último mensaje que yo les escribo. Cuando me sentaba aquí, frente al ordenador y me enfrentaba con el rectángulo en blanco, pensaba que lo mejor sería escribir una historia épica, donde el héroe viajara en algún paraje cyberpunk, o en una ciudad élfica. Donde yo viajara en una cibercapital y destruyera los monitores, uno tras otro. Una historia, donde al final, después de varios viajes y tormentas, yo resultara el héroe de una historia sin igual. O una telenovela donde me casara con la mosca muerta, que trabaja de sirvienta en la casa del rico.

Es el viaje que tenemos todos los héroes, donde antes de vencer al maldito, hay que vencernos y conquistarnos a nosotros mismos. Cuando me sentaba aquí, frente al ordenador, fuera en la casa de mi amigo, un cibercafé o cuando trabajaba, lo hacía para ser féliz, para evadir la monotonía horrible a la que me estaba enfrascando. Para ser feliz en otro lado, en un universo paralelo. Y las cosas pasaron, entonces vino Ayer y me enseñó que podía ser posible. Me enseñó el sufrimiento, las muertes de los que más quiero e incluso, me trajo al malo de la película, uno que esta más allá de toda comprensión. Ayer me enseñó, yo (Hoy) creo que no aprendí nada.

Cuando releí todo lo que les he escrito, deseé que nada hubiera sucedido y a través de mis deseos, de las letras que no escribí en un diario, sino aquí, pude cambiarlo… pero mi deseo no es tan fuerte. Soy perezoso, soy un hombre sin pasiones, sin creatividad, sin fortaleza justa y necesaria. Y el malo, Pérez-Moldován, es alguien que lo desea todo. ¿Cómo puedo yo enfrentármele? ¿Cómo puede un hombre incompleto, acercarse a él y decirle buenos días, te voy a matar? Supongo que no puede, supongo que no puedo… pero es el destino. Hay una lucesita de esperanza donde el héroe puede ser un tipo enclenque, delgado, desnutrido e incluso, idiota.

Esta es la última anotación que les escribo. ¿Quieren preguntarse que será de mi? Pues… no lo necesitan saber, yo no lo necesito saber. Sólo ando con la esperanza de que al final, mi deseo sea más fuerte que el de Pérez-Moldován y que el de un hombre llamado Ayer. Sólo me queda esperar que este hombre sin pasiones, saque una fuerza interna desconocida y los destruya a ambos. Y si sobrevivo, si este dios chiquito resucita, entonces me encargaré de mi mismo… que nadie se atreva a poner mis manos encima de nuevo, ni a controlar mi destino. Que nadie se atreva a tocarme, mientras observo una pantalla en blanco y escribo una historia épica, donde soy féliz, mientras cumplo mi trabajo monótono y estudio literatura, mientras amo a Geraldine y a las que vengan después de ella. Que nadie se atreva a tocar a este hombre flojo… sin sueños… sin deseos… sin piedad de sí mismo.

XVII

Para despedirme de mi madre, tardé mucho tiempo… estuve yendo con ella, visitándola, acompañándola al supermercado, platicando con ella, descubriéndole el rostro de nuevo. A veces me quedé a dormir, porque… si, la extrañaba. Extrañaba esa simpleza que tienen las mujeres para querer al fruto de su vientre. Y, la verdad, es que con ella olvidé la noción de la prisa. Es el ilapso, un olvido natural del tiempo y el espacio, donde la contemplación toma el lugar de todas las cosas. Es como si me hubieran quitado los deberes y las obligaciones, y Dios mismo hubiera bajado a la tierra para abrazarme y decirme: “Ya te puedes morir. Geraldine y Agustín te perdonan, Estefanía y Natalia te perdonan, Ayer y Ulises te perdonan, Yo te perdono”. Bendito sea Dios y lo sería más, si dejara de jugar la apuesta con Satanás Pérez-Moldován. Job no descansó hasta demostrar su fé. Me pregunto, ¿descansaré si mato a Satanás?

Me quedé con ella porque me sentí culpable, sentí que la había abandonado. En verdad, que no podía despedirme de ella, así como así, debía darle una explicación… no podía irme como Agustín, el hijo pródigo, a buscar una aventura —a buscar mi muerte, para ser más preciso… a enfrentarme con algo que está más allá de toda comprensión humana, la búsqueda y la muerte de Pérez-Moldován—. Y entonces, empecé a hablar con ella de Agustín… y fue como contarle un cuento nuevo, una historia extravagante e increíble que ella tenía miedo de interrumpir, hasta que llegué al final y ella se animó a preguntar: ¿Quién es Agustín? ¿Estás bien? Siempre fuiste hijo único.

Se abrió mi mente y me di cuenta, que eso siempre lo supe.

Entonces lo comprendí todo… y no, no estoy loco, tampoco estoy esquizofrénico. Eso sería un final desagradable. Todas las respuestas estan en ese pequeño diario que me dio un hombre llamado Ayer (QEPD), ese diario, que en este universo paralelo, tan sólo fue una fotografía de color sepia, el deseo interrumpido por mantener un hobby. Ese diario que jamás abriremos, porque ustedes, como yo, saben lo que dice adentro.

—Es cierto que alguna vez quise llamarte Agustín en vez de Victor (Hoy se llama Victor Hugo, mucho gusto. Ayer, supongo, se llama Agustín)… —dijo ella—, siempre me preguntabas si alguna vez tendrías un hermanito más grande. Me rompías el corazón con esa mirada.

Sigue hablando mamá, sigue descubriendo la verdad.

—Me daba pena verte solo. ¿Recuerdas cuando iba por ti a la escuela? Salías, con el rostro alto y tus ojos grises (mis ojos son grises, es como si madre construyera un personaje que ustedes, y yo, habíamos construído con la imaginación hasta el momento), sin ningún compañerito que te siguiera a la salida. No hubo una sóla vez en que algún niño te llamara para decirte adiós o hasta mañana. En la primaria… en la secundaria… no sé en la preparatoria, pero nunca trajiste algún amigo a casa. Me costó trabajo aceptarlo así, pero después se me ocurrió que eras un niño especial. Que eras un niño, un jovencito, intocable y entendí, que no me necesitarías hasta este día, que yo cumplía un quiebre en tu destino que tardaría muchos años en llegar. Tu rostro ha cambiado —ella sonrió… esa sonrisa amarga, es mi sonrisa de todos los días—, es como si hubieras caído del cielo después de ser un dios chiquito.

Deberías ser literata, mamá.

—Gracias —le dije a mi madre, me levanté y le abracé.

—No te volveré a ver —dijo ella sonriendo, con los ojos contenidos. Si mamá, me enseñaste a ser tu espejo.

—Si te consuela, nadie más lo hará.

—Supongo que alguien te tocó. Has despertado y morirás por ello.

—Eres demasiado poética mamá.

—Tal vez. Tan grande mi niñote, mi muchachote… Vete… no habías dejado que yo te detuviera antes, no lo harás ahora.

Nos soltamos y salí, cerré la puerta y con ello, mi madre desapareció poco a poco, ruido de trastos en la cocina —Si resucitas, regresa de vez en cuando, odio extrañarte —dijo ella y fingí que no la escuché. Bajé las escaleras, viendo los fantasmas difuminados de aquellos dos niños. Jugaban a bajar las escaleras, pero esta vez, no me quedé hasta el desenlace de juego. Al salir del edificio, entonces ella se acercó y me cubrió el rostro con las manos. Sonreí triste.

—¿Cómo te fue con tu mamá?

—Bien, ¿cómo sabías que estaría aquí?

—El destino, yo creo. Llevamos mucho tiempo sin vernos, desde que se te ocurrió el jueguito.

—Yeralda —le quité las manos de mi rostro y le miré a los ojos—. Tenemos que hablar.

—No me digas Yeralda y “tenemos que hablar” no me gusta. No estuve como babosa jugando a buscarnos para que me digas “tenemos que hablar”.

—¿Desde cuándo jugamos a encontrarnos?

Ella alzó los ojos—. Creo que… desde Ayer, hace dos meses o tres. O cuatro. Se ha sentido como mucho tiempo sin vernos. Se sintió como no existir, se sintió el tiempo —ella se encogió de hombros, su rostro perdido. Pobrecita, nunca sabrá lo que de veras pasó y aún explicándole, como haría a continuación, no entendió. A mi me cuesta trabajo entenderlo.

—Entiendo —necio—. Geraldine, ¿crees en los universos paralelos?

—No lo sé. ¿Qué es un universo paralelo?

—Imagínate que tus deseos se cumplieran, pero no como tú crees… Nosotros, como seres humanos que somos, imaginámos nuestros deseos, nuestra vida si hubiera sido diferente, si hubiéramos cumplido ciertos requisitos, grandes o pequeños, para cambiar algún aspecto de nuestra vida. Incluso la totalidad de esta. Por ejemplo, en algún universo paralelo tú no me encontraste el día de hoy, porque no se te ocurrió venir al viejo departamento de mi madre. Tendríamos que esperar a la siguiente oportunidad, a eso que llamamos destino. Sin embargo, en este universo, en nuestro espacio y tiempo mi querida Geraldine —ella suspiró—, logramos encontrarnos porque era cosa del destino. Porque logramos encontrarnos, aunque parezca una casualidad. ¿No sentiste, aunque sea brevemente, que el espacio y el tiempo no existían?

—Si.

—Eso se debe a que todo, espacio y tiempo, se encerró en un solo lugar, aunque sea en algo tan vulgar como la percepción del ser humano por encontrar a alguien que no veía hace tiempo —Geraldine, nuestro juego fue para protegerme a ti y a mi—. El deseo de vernos se ha cumplido y esto, cambiará nuestras vidas. Yo tengo esa noción, yo puedo encontrar esos espacios y hacer las cosas más increíbles con ello. Puedo desear cuanto yo quiero, y hacerlo realidad frente a mis ojos.

Ella me miró raro, pero sonrió. Me había dicho que le gustaba loco. Puso una mano alrededor de mi espalda, caminamos, yo seguí.

—En otro universo, mi nombre fue Agustín y tuve un hermano, que murió asesinado. También nos conocimos… tal vez estábamos destinados, tú y yo. También jugamos a escondernos. Hicimos muchas cosas juntos… pero a ese alguien no le gustó, y ese alguien, te asesinó.

Ella se detuvo.

—Y asesinó a mucha gente que podía encontrar esos espacios y saltar de deseo en deseo, porque él puede hacerlo, él puede deshacer los deseos y comérselos. Con ello se siente más fuerte, con ello se siente más capaz de hacer su voluntad máxima, que no sabemos cuál es…

—¿Estas hablando en serio?

—Su nombre es Pérez-Moldován, y ahora me busca a mi.

lunes, febrero 07, 2005

XV

Hoy caminé tanto, que olvidé quien soy. Hoy caminé tanto, que me vi caminando a casa y miré a mi madre por la ventana, asomada, sonriendo. Yo no tenía veintitantos años, tenía seis o siete y mi hermano Agustín, un poco más grande que yo, me pasaba una mano por el pelo. Grité el nombre de mi madre y sonreí, alcé mi mano para saludarla y un avión hizo que me tapara los oídos… porque Dios mío… no me dejarás mentir, cuando era pequeño los aviones hacían tanto ruido que daban miedo. No escuché la carcajada de Agustín, pero lo miré con mis ojos e imaginé ese ruido, casi cristalino, retumbándome en los pulmones, en los estómagos de la emoción y del contento. Mi madre recargó su cabeza en su mano y nos miró como si fuésemos un sueño irresistible, una realidad eterna. Mi padre, una figura ausente, nos miraba a todos, escondido en las sombras, con la certeza de que su presencia rompería el edificio, abriría los cimientos y se tragaría a los coches.

Saqué mi llave y entré a los departamentos, a medida que subía las escaleras, dos fantasmas infantiles se carcajearon y se retaron a subir las escaleras tan rápido como pudieran. Les seguí el ritmo durante dos o tres o diez escaleras, escuchaba sus pasos como de batallón, les miraba los dientes de leche, perfectamente blancos aunque parecían una ciudad con los edificios demasiado separados, les miraba los pelos peinados con baba y con las manos sucias, se apuntaban para dejar en claro el reto lleno de voces agudas, amenazas de muerte y de transmutación humana a burro. El más pequeño se cayó y se raspó la rodilla. Eso te pasa, chamaco imbécil, escuincle imprudente, pendejo argentino, por correr en las escaleras. Me senté junto a él, le escuché lloriquear y moquear, enfrente de su hermano quien le examinaba de cerca la herida, como todo buen médico de ocho o nueve años, y le decía: shhhh, no tienes que llorar o mamá nos va a regañar. Shhhh… no tienes que llorar… o

Mamá se asomó y nos dijo que éramos unos imprudentes. Tan sólo le faltó imbéciles, pero mamá nunca diría eso y después desperté, mi madre… envejecida, con arrugas marcando el pasillo de sus ojos a la cabeza. Me invitó a pasar, me dijo que había puesto agua para té de manzanilla o de limón. Los niños se esfumaron, un fantasma regresó a su tuma y el otro fantasma, regresó a mi cuerpo. Sonreí y terminé, apiadándome de mi mismo, de subir los escalones que me faltaban. Entré y tomé asiento, me recargué en la mesita y observé a mi mamá, alzar trastos, apagar la tele, recorrer uno y otro cuarto. Balbuceaba de las cosas que había hecho y de la familia que había visto. Yo sonreí, no quise arruinarle la magia y tan sólo me dediqué a mirar a mi madre, hasta que ella se acercó a mi y nos abrazamos, como no hacíamos ayer.