domingo, noviembre 21, 2004

VIII c

Esperé tener mucho trabajo esta semana, pero no ha caído ningún proyecto. Sigo con el proyecto anterior, pero no sabré de él hasta el lunes o martes, sólo se que el director del comercial dijo que no teníamos el casting, pero que ibamos bien. Yo entendería si hubiéramos presentado a veinte personas eso de ir bien, pero no… el video tenía a cien. Cien personas y ninguna de ellas le gusta.

No es bueno quedarse con un proyecto, ya quiero otro, ya quiero el que sigue. No tener trabajo me pone los pelos de punta, porque empezaré a utilizar el dinero que está en la cuenta y eso, básicamente, lo tengo contado.

¿A quién quiero engañar? La verdad es que quisiera tener trabajo como una distracción. He terminado los deberes escolares a tiempo. En tan sólo unas horas, me leí uno de los libros que tenía pendientes y preparé unas preguntas a manera de examen por si este llegara a ocurrir. Si me preguntaran en este momento acerca de la Reina Elizabeth y la dinastía Tudor en la historia de los ingleses, podría darles un fascinante tour hablado, con ademanes ensayados y efectos visuales preparados.

El ocio también es la madre del conocimiento.

Llamé a casa de Geraldine pero nadie contestó, he pasado por su departamento y las luces estaban apagadas. ¿Habrán salido de viaje? Decidí caminar por la colonia un rato, llegué a una glorieta y me senté un rato, a mirar la fuente apagada. Se estaba haciendo de noche y el agua estaba reflejando el sol que se escondía ya, detrás de un edificio. Un drogadicto indigente estaba a unas bancas de distancia, lo miré un rato… se puso a saltar y después empezó a jadear. Volteó y me miró a los ojos, me señaló y se echó a reír. Es la segunda vez que me pasa eso de que un drogadicto indigente me señale y se ría. Me pregunto, en un estilo de morbo, ¿qué ven en mi para reírse? ¿O se reirán de todos nosotros, en general?

—No lo sé, yo también me pregunto lo mismo —dijo Ayer. Otra de sus apariciones oportunas. Alcé mi vista y lo miré: llevaba una chamarra café de esas gruesas para el frío, una bufanda, un gorro y un tapabocas. Se veía cómico, no evité la sonrisa—. Se acerca el invierno, y es en invierno cuando me da más frío. Estoy enfermo…

—Me imagino.

—Voy a morir.

—¿Por un resfriado?

—No… pero moriré de todos modos —Ayer se sentó en la banca—. Ya se está cumpliendo este ciclo. No tardo.

Suspiré.

—¿Y qué te puedo decir, si apenas te conozco?

—¿Eso le dirías a tu hermano si vieras su fantasma?

—Lo más seguro —respondí secamente, no quería dejar ninguna duda—. ¿Eres el fantasma de mi hermano? ¿Quién o qué eres tú?

Ayer se quedó callado, se recargó en la banca. Fue el silencio el que me hizo escuchar su respiración flemática, sus jadeos escondidos por el tapabocas, sus ojos enrojecidos que perdieron brillo a medida que el sol se escondió completamente. No era ningún fantasma, a menos que ellos tuvieran que morir de nuevo.

—Ya te dije que somos lo mismo —dijo Ayer—. Yo también puedo cambiar el presente y hacerlo distinto, por medio de mis deseos. La cosa está en que tú y yo, no somos los únicos. ¿Te divertiste jugando con Geraldine?

Me recargué y prendí un cigarrillo.

—Si.

—Pues ya sabes cómo puedes cambiar las cosas. Ya conoces la facilidad que esto representa. Pero hay algunos de nosotros que no les gusta el cambio y lo erradican, lo eliminan a toda costa. ¿Te has puesto a desear la paz mundial? ¿Traer de nuevo el paraíso a la tierra y crear una utopia? ¿Por qué crees que no se materializa de la noche a la mañana? Lo has contemplado y sabes, de alguna manera, que no es sencillo porque hay una fuerza contraria que no lo desea.

—No tanto así —sonreí—. Soy un poco egoísta.

Ayer se echó a reír.

—Debo irme, no nos volveremos a ver —dijo Ayer—. Y parece que ella no vendrá de nuevo. Esta era nuestra despedida… caray.

Me encogí de hombros—. Tal vez no le veía futuro a la relación, ¿sabes? Estas muriendo.

—Tan seco como siempre. Algún día aprenderás a llorar la muerte y aceptarla —dijo él, pero no había ningún rencor en su voz. Tal vez, compasión. Buscó en uno de los bolsillos de su chamarra y sacó un pequeño libro—. Este es mi diario, te lo regalo.

Me lo dio, medio lo hojeé. Ayer se levantó y se fue, con las manos en los bolsillos y el rostro alzado. Me dio un poco de tristeza. Yo hice lo mismo, me levanté y fui a casa de Geraldine. Esta vez, las luces estaban prendidas… mejor me fui a casa, le llamaría mañana. Tal vez podría olvidar todo esto que sucedió, no más muertos en la memoria, no más deseos… una vida tranquila. Eso es lo que quiero.