martes, noviembre 16, 2004

VII

Ayer no terminé de contar en que terminó lo del fin de semana y bueno, no tenía mucho tiempo para hacerlo. Entre la flojera, la apatía, un poco el suspenso que me regalo a mi mismo. No creo que haya lectores escrutando o reflexionando en mis palabras. No creo que haya gente que se pregunte si lo que escribo es realidad o ficción. No lo creo, pero no es cosa de mi que los lectores lo crean. Es para mi recordarlas, repasarlas y meditarlas. No conozco a nadie que tenga mi blog entre sus ligas y... la verdad no me interesa conocer a los pocos que leo. Prefiero estar oculto, que nadie sepa de mi. ¿Timidez o presunción? Ninguna, habemos algunos que nacimos para ser mejor reconocidos como lectores que como escritores.

Ya... ya me separé del tema...

Geraldine vino con el suéter azul y los sandwiches. Llegó como a las siete, cuando ya no había sol y la mitad de mi trabajo ya estaba hecho. Estaba más nervioso de lo habitual y ella lo notó. Cuando suelo estar nervioso me abraza, me hace mimos, me habla despacito. Si ninguna de las anteriores funciona, se queda en silencio y evita mis ojos, me mira cuando no me "fijo". Y así hicimos, comimos los sandwiches sin que ninguno de los dos pronunciara palabra. No hubo oración de las gracias. Cuando terminamos, ella me acompañó un rato en la sala de edición. Su último intento fue contarme de su día, de sus clases de teatro, de la obra en turno.

No supe como decirle que estaba, mentalmente, tratando de cambiar su suéter de azul a rojo. Tres veces miré su suéter, intensamente, y tres veces me preguntó--: ¿Qué? ¿No te gusta? --Y exclamó después--: ¡Si tú lo pediste! --siete veces le respondí--: Me gusta mucho (en distintos tonos y diversas palabras). Y mi mente se dijo--: ¿Por qué carajo no cambia de color?

Ella quiso irse en algún momento y le dije que no, que se quedara un rato más... que su compañía me relajaba, que me animaba a continuar mi trabajo. En mi estado habitual, uno donde Ayer no existiera, eso lo hubiera interpretado como que buscaba sexo esa noche. ¿Cómo podría explicarle que intentaba desquebrajar la realidad y transformarle una prenda de un color a otro con el poder de la mente? ... Sería más fácil utilizar el poder de mis pies e ir a una tienda para comprarle un suéter de otro color.

--Lo que tú deseés --dijo ella sonriendo y me guiñó un ojo--. Hubiera traído mi libreto, que bueno... ya mucho lo tengo memorizado, pero aún así. ¿Vas a tardar mucho?

Alguna vez leí una historia de Sherlock Holmes, no escrita por Conan Doyle... Era otro autor, uno muy leído... no recuerdo el nombre. En esa historia, quien resolvía el caso era Watson. Aún recuerdo vívidamente como a Watson se le aceleró la respiración y le dijo a Sherlock, en un estado de excitación--: ¡Ahora sé lo que tú sientes!, es como si lo viera todo en un sólo punto... absolutamente todo. ¡Con esta emoción, no hay necesidad de soluciones al siete por ciento! ¿Así te sientes Sherlock?

Una conciencia se despertó en mi.

--El libreto --dije yo--, lo dejaste en la mesa donde estuvimos comiendo. ¿Por qué no vas a buscarlo?

Geraldine me miró un tanto extrañada, pero no dudó. Geraldine nunca duda cuando pongo cara de convicción. Después fue natural...

--Cierto, lo olvidé --dijo avergonzada. Se retiró un momento y regresó con su libreto en las manos. El libreto de algún universo paralelo, donde ella nunca lo olvidó. El "hubiera" más sencillo. Me tapé el rostro de la emoción y di un brinco... no estaba loco. Recordé cuando de niño, había leído en los periódicos, en alguna sección de particulares, la parte de las oraciones milagrosas. Las instrucciones para que estas se cumplieran. Recordé cuando me arrodillé en mi habitación y recé catorce "Aves Marías", veintiún "Padres Nuestros", para que Dios hablara conmigo, para que Dios me regalara fortuna y la paz del mundo, porque no era tan egoísta. Y recordé la decepción que tuve, cuando al despertar no había montones de dinero en ningún lugar, ni siquiera una nota de disculpa de Dios, por no haberme cumplido el capricho milagroso.

Pero esta vez... esta vez, el libreto estuvo ahí... ¡El libreto estuvo ahí, dónde yo deseé que estuviera!

Y después todo fue tan sencillo... besé a Geraldine con el triunfo. Con mis deseos, el color de su cabello cambió de rojo a amarillo y luego a un negro profundo. Y después, la forma de su cabello también... no me decidía entre rizado, lacio, corto o largo. Sus ojos almendrados, sus ojos grandes, sus ojos de regalo. La llevé al baño de la oficina, la obligué a mirarse al espejo mientras le quitaba el suéter azul y la blusa de tirantes que traía abajo. Y sus caderas se ensanchaban, sus senos se achicaban a mi voluntad y ella era Lilith. Dios, mucho gusto. Su piel negra, su piel bronceada, su piel amarilla... ella se miraba al espejo, mientras le mordía su hombro, que no era siempre el mismo tan sólo porque se llamaba Geraldine. Ella tan sólo miraba al espejo como cambiaba, como si fuese natural que en ella se escondieran todas las Geraldines de todos los universos existentes... y no lo sabía... ella no lo sabía...

Ella no supo esa noche, que se convirtió en todo lo que yo deseé.