XIV
Los recuerdos lo obligan a uno a cambiar, ¿es qué estoy admitiendo que el pasado existe? No, no sería capaz… pero la memoria si, el recuerdo si, el laberinto adentro de mi cabezota si. Cuando recuerdo, me separo en tres: en el recuerdo, en el espectador y en el hombre que esta callado bebiendo su café en el presente. Y el espectador mira a ambos, camina de espaldas una considerable distancia para mirar las dos ventanas simultáneamente. El espectador es un hombre muy listo, él tiene la capacidad de juzgar ambas partes y de meter sus manos. Es inútil decir el enorme respeto que le tengo al escuchar sus palabras, sabias y duras.
Me llevé mis cosas, que eran pocas, al departamento de un amigo que me abrió sus puertas. Dejé a Ulises, cantándole a su mamá noche y día. Le envidié la canción de cuna… envidié que él quisiera dormir, cargando sus pecados encima. Mi amigo me debía varios favores en el pasado, así que no dudó en dejarme entrar. No hizo preguntas y nos pusimos al corriente en nuestras vidas, como hacen un par de amigos que tienen años que no se hablan y no se ven. Yo dije lo mío, sin añadir la existencia de Geraldine, de Ayer y de Pérez-Moldován. Es que no es necesario hablar de los deseos, banales, de trascendencia, de ir al baño, cuando uno se pone al corriente, ¿cierto? Hasta la fecha me he quedado con él, en lo que llega el momento indicado para terminarlo con todo.
Para dormir como es debido.
Mi jefe me invitó un café y me preguntó que si me encontraba bien, a los tres días de haber discutido con él por el teléfono… me miró duramente mientras inventaba una historia para dejar definitivamente el trabajo. Tomaba elementos de aquellas que había escrito cuando estaba aburrido y a medida que me escuchaba a mi mismo, pensaba que podría ser un excelente cuenta cuentos. Cuando terminé, le dio una mordida a su mollete, cortado con cuchillo y tenedor, y me preguntó si estaba en drogas o en apuestas, ya que es algo muy común que le suceda a cualquiera que esté dentro del rubro de la publicidad. Negué, me acerqué a él y le enseñé mis ojos. —Están rojos, ¿en serio no te estás drogando Hoy? —Por mi madre que esta mirando una ventana, un horizonte que termina ahí, donde se alzan los edificios y las nubes de humo. Mi jefe se carcajeó. —Cuando estés listo, regresa. Le sonreí. —Tal vez nunca esté listo. Él se encogió de hombros. —Ya estas huevoncito. Asentí.
Nos despedimos estrechándonos las manos y dándonos un abrazo. Reiteró su invitación y esta vez, solo respondí con un movimiento de cabeza. Finalmente comprendí lo que estaba pasando… me estaba despidiendo de él. Me estaba despidiendo, porque nunca lo vería otra vez. Nunca más, vería a nadie…
Saqué un cigarrillo y lo prendí. Me fui a casa de mi madre, debía despedirme de ella. Tal vez, y sólo tal vez, rompiendo los lazos de este mundo podría encontrar a Pérez-Moldován.
Me llevé mis cosas, que eran pocas, al departamento de un amigo que me abrió sus puertas. Dejé a Ulises, cantándole a su mamá noche y día. Le envidié la canción de cuna… envidié que él quisiera dormir, cargando sus pecados encima. Mi amigo me debía varios favores en el pasado, así que no dudó en dejarme entrar. No hizo preguntas y nos pusimos al corriente en nuestras vidas, como hacen un par de amigos que tienen años que no se hablan y no se ven. Yo dije lo mío, sin añadir la existencia de Geraldine, de Ayer y de Pérez-Moldován. Es que no es necesario hablar de los deseos, banales, de trascendencia, de ir al baño, cuando uno se pone al corriente, ¿cierto? Hasta la fecha me he quedado con él, en lo que llega el momento indicado para terminarlo con todo.
Para dormir como es debido.
Mi jefe me invitó un café y me preguntó que si me encontraba bien, a los tres días de haber discutido con él por el teléfono… me miró duramente mientras inventaba una historia para dejar definitivamente el trabajo. Tomaba elementos de aquellas que había escrito cuando estaba aburrido y a medida que me escuchaba a mi mismo, pensaba que podría ser un excelente cuenta cuentos. Cuando terminé, le dio una mordida a su mollete, cortado con cuchillo y tenedor, y me preguntó si estaba en drogas o en apuestas, ya que es algo muy común que le suceda a cualquiera que esté dentro del rubro de la publicidad. Negué, me acerqué a él y le enseñé mis ojos. —Están rojos, ¿en serio no te estás drogando Hoy? —Por mi madre que esta mirando una ventana, un horizonte que termina ahí, donde se alzan los edificios y las nubes de humo. Mi jefe se carcajeó. —Cuando estés listo, regresa. Le sonreí. —Tal vez nunca esté listo. Él se encogió de hombros. —Ya estas huevoncito. Asentí.
Nos despedimos estrechándonos las manos y dándonos un abrazo. Reiteró su invitación y esta vez, solo respondí con un movimiento de cabeza. Finalmente comprendí lo que estaba pasando… me estaba despidiendo de él. Me estaba despidiendo, porque nunca lo vería otra vez. Nunca más, vería a nadie…
Saqué un cigarrillo y lo prendí. Me fui a casa de mi madre, debía despedirme de ella. Tal vez, y sólo tal vez, rompiendo los lazos de este mundo podría encontrar a Pérez-Moldován.

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