miércoles, abril 13, 2005

XVII

Para despedirme de mi madre, tardé mucho tiempo… estuve yendo con ella, visitándola, acompañándola al supermercado, platicando con ella, descubriéndole el rostro de nuevo. A veces me quedé a dormir, porque… si, la extrañaba. Extrañaba esa simpleza que tienen las mujeres para querer al fruto de su vientre. Y, la verdad, es que con ella olvidé la noción de la prisa. Es el ilapso, un olvido natural del tiempo y el espacio, donde la contemplación toma el lugar de todas las cosas. Es como si me hubieran quitado los deberes y las obligaciones, y Dios mismo hubiera bajado a la tierra para abrazarme y decirme: “Ya te puedes morir. Geraldine y Agustín te perdonan, Estefanía y Natalia te perdonan, Ayer y Ulises te perdonan, Yo te perdono”. Bendito sea Dios y lo sería más, si dejara de jugar la apuesta con Satanás Pérez-Moldován. Job no descansó hasta demostrar su fé. Me pregunto, ¿descansaré si mato a Satanás?

Me quedé con ella porque me sentí culpable, sentí que la había abandonado. En verdad, que no podía despedirme de ella, así como así, debía darle una explicación… no podía irme como Agustín, el hijo pródigo, a buscar una aventura —a buscar mi muerte, para ser más preciso… a enfrentarme con algo que está más allá de toda comprensión humana, la búsqueda y la muerte de Pérez-Moldován—. Y entonces, empecé a hablar con ella de Agustín… y fue como contarle un cuento nuevo, una historia extravagante e increíble que ella tenía miedo de interrumpir, hasta que llegué al final y ella se animó a preguntar: ¿Quién es Agustín? ¿Estás bien? Siempre fuiste hijo único.

Se abrió mi mente y me di cuenta, que eso siempre lo supe.

Entonces lo comprendí todo… y no, no estoy loco, tampoco estoy esquizofrénico. Eso sería un final desagradable. Todas las respuestas estan en ese pequeño diario que me dio un hombre llamado Ayer (QEPD), ese diario, que en este universo paralelo, tan sólo fue una fotografía de color sepia, el deseo interrumpido por mantener un hobby. Ese diario que jamás abriremos, porque ustedes, como yo, saben lo que dice adentro.

—Es cierto que alguna vez quise llamarte Agustín en vez de Victor (Hoy se llama Victor Hugo, mucho gusto. Ayer, supongo, se llama Agustín)… —dijo ella—, siempre me preguntabas si alguna vez tendrías un hermanito más grande. Me rompías el corazón con esa mirada.

Sigue hablando mamá, sigue descubriendo la verdad.

—Me daba pena verte solo. ¿Recuerdas cuando iba por ti a la escuela? Salías, con el rostro alto y tus ojos grises (mis ojos son grises, es como si madre construyera un personaje que ustedes, y yo, habíamos construído con la imaginación hasta el momento), sin ningún compañerito que te siguiera a la salida. No hubo una sóla vez en que algún niño te llamara para decirte adiós o hasta mañana. En la primaria… en la secundaria… no sé en la preparatoria, pero nunca trajiste algún amigo a casa. Me costó trabajo aceptarlo así, pero después se me ocurrió que eras un niño especial. Que eras un niño, un jovencito, intocable y entendí, que no me necesitarías hasta este día, que yo cumplía un quiebre en tu destino que tardaría muchos años en llegar. Tu rostro ha cambiado —ella sonrió… esa sonrisa amarga, es mi sonrisa de todos los días—, es como si hubieras caído del cielo después de ser un dios chiquito.

Deberías ser literata, mamá.

—Gracias —le dije a mi madre, me levanté y le abracé.

—No te volveré a ver —dijo ella sonriendo, con los ojos contenidos. Si mamá, me enseñaste a ser tu espejo.

—Si te consuela, nadie más lo hará.

—Supongo que alguien te tocó. Has despertado y morirás por ello.

—Eres demasiado poética mamá.

—Tal vez. Tan grande mi niñote, mi muchachote… Vete… no habías dejado que yo te detuviera antes, no lo harás ahora.

Nos soltamos y salí, cerré la puerta y con ello, mi madre desapareció poco a poco, ruido de trastos en la cocina —Si resucitas, regresa de vez en cuando, odio extrañarte —dijo ella y fingí que no la escuché. Bajé las escaleras, viendo los fantasmas difuminados de aquellos dos niños. Jugaban a bajar las escaleras, pero esta vez, no me quedé hasta el desenlace de juego. Al salir del edificio, entonces ella se acercó y me cubrió el rostro con las manos. Sonreí triste.

—¿Cómo te fue con tu mamá?

—Bien, ¿cómo sabías que estaría aquí?

—El destino, yo creo. Llevamos mucho tiempo sin vernos, desde que se te ocurrió el jueguito.

—Yeralda —le quité las manos de mi rostro y le miré a los ojos—. Tenemos que hablar.

—No me digas Yeralda y “tenemos que hablar” no me gusta. No estuve como babosa jugando a buscarnos para que me digas “tenemos que hablar”.

—¿Desde cuándo jugamos a encontrarnos?

Ella alzó los ojos—. Creo que… desde Ayer, hace dos meses o tres. O cuatro. Se ha sentido como mucho tiempo sin vernos. Se sintió como no existir, se sintió el tiempo —ella se encogió de hombros, su rostro perdido. Pobrecita, nunca sabrá lo que de veras pasó y aún explicándole, como haría a continuación, no entendió. A mi me cuesta trabajo entenderlo.

—Entiendo —necio—. Geraldine, ¿crees en los universos paralelos?

—No lo sé. ¿Qué es un universo paralelo?

—Imagínate que tus deseos se cumplieran, pero no como tú crees… Nosotros, como seres humanos que somos, imaginámos nuestros deseos, nuestra vida si hubiera sido diferente, si hubiéramos cumplido ciertos requisitos, grandes o pequeños, para cambiar algún aspecto de nuestra vida. Incluso la totalidad de esta. Por ejemplo, en algún universo paralelo tú no me encontraste el día de hoy, porque no se te ocurrió venir al viejo departamento de mi madre. Tendríamos que esperar a la siguiente oportunidad, a eso que llamamos destino. Sin embargo, en este universo, en nuestro espacio y tiempo mi querida Geraldine —ella suspiró—, logramos encontrarnos porque era cosa del destino. Porque logramos encontrarnos, aunque parezca una casualidad. ¿No sentiste, aunque sea brevemente, que el espacio y el tiempo no existían?

—Si.

—Eso se debe a que todo, espacio y tiempo, se encerró en un solo lugar, aunque sea en algo tan vulgar como la percepción del ser humano por encontrar a alguien que no veía hace tiempo —Geraldine, nuestro juego fue para protegerme a ti y a mi—. El deseo de vernos se ha cumplido y esto, cambiará nuestras vidas. Yo tengo esa noción, yo puedo encontrar esos espacios y hacer las cosas más increíbles con ello. Puedo desear cuanto yo quiero, y hacerlo realidad frente a mis ojos.

Ella me miró raro, pero sonrió. Me había dicho que le gustaba loco. Puso una mano alrededor de mi espalda, caminamos, yo seguí.

—En otro universo, mi nombre fue Agustín y tuve un hermano, que murió asesinado. También nos conocimos… tal vez estábamos destinados, tú y yo. También jugamos a escondernos. Hicimos muchas cosas juntos… pero a ese alguien no le gustó, y ese alguien, te asesinó.

Ella se detuvo.

—Y asesinó a mucha gente que podía encontrar esos espacios y saltar de deseo en deseo, porque él puede hacerlo, él puede deshacer los deseos y comérselos. Con ello se siente más fuerte, con ello se siente más capaz de hacer su voluntad máxima, que no sabemos cuál es…

—¿Estas hablando en serio?

—Su nombre es Pérez-Moldován, y ahora me busca a mi.