lunes, febrero 07, 2005

XV

Hoy caminé tanto, que olvidé quien soy. Hoy caminé tanto, que me vi caminando a casa y miré a mi madre por la ventana, asomada, sonriendo. Yo no tenía veintitantos años, tenía seis o siete y mi hermano Agustín, un poco más grande que yo, me pasaba una mano por el pelo. Grité el nombre de mi madre y sonreí, alcé mi mano para saludarla y un avión hizo que me tapara los oídos… porque Dios mío… no me dejarás mentir, cuando era pequeño los aviones hacían tanto ruido que daban miedo. No escuché la carcajada de Agustín, pero lo miré con mis ojos e imaginé ese ruido, casi cristalino, retumbándome en los pulmones, en los estómagos de la emoción y del contento. Mi madre recargó su cabeza en su mano y nos miró como si fuésemos un sueño irresistible, una realidad eterna. Mi padre, una figura ausente, nos miraba a todos, escondido en las sombras, con la certeza de que su presencia rompería el edificio, abriría los cimientos y se tragaría a los coches.

Saqué mi llave y entré a los departamentos, a medida que subía las escaleras, dos fantasmas infantiles se carcajearon y se retaron a subir las escaleras tan rápido como pudieran. Les seguí el ritmo durante dos o tres o diez escaleras, escuchaba sus pasos como de batallón, les miraba los dientes de leche, perfectamente blancos aunque parecían una ciudad con los edificios demasiado separados, les miraba los pelos peinados con baba y con las manos sucias, se apuntaban para dejar en claro el reto lleno de voces agudas, amenazas de muerte y de transmutación humana a burro. El más pequeño se cayó y se raspó la rodilla. Eso te pasa, chamaco imbécil, escuincle imprudente, pendejo argentino, por correr en las escaleras. Me senté junto a él, le escuché lloriquear y moquear, enfrente de su hermano quien le examinaba de cerca la herida, como todo buen médico de ocho o nueve años, y le decía: shhhh, no tienes que llorar o mamá nos va a regañar. Shhhh… no tienes que llorar… o

Mamá se asomó y nos dijo que éramos unos imprudentes. Tan sólo le faltó imbéciles, pero mamá nunca diría eso y después desperté, mi madre… envejecida, con arrugas marcando el pasillo de sus ojos a la cabeza. Me invitó a pasar, me dijo que había puesto agua para té de manzanilla o de limón. Los niños se esfumaron, un fantasma regresó a su tuma y el otro fantasma, regresó a mi cuerpo. Sonreí y terminé, apiadándome de mi mismo, de subir los escalones que me faltaban. Entré y tomé asiento, me recargué en la mesita y observé a mi mamá, alzar trastos, apagar la tele, recorrer uno y otro cuarto. Balbuceaba de las cosas que había hecho y de la familia que había visto. Yo sonreí, no quise arruinarle la magia y tan sólo me dediqué a mirar a mi madre, hasta que ella se acercó a mi y nos abrazamos, como no hacíamos ayer.

XIV

Los recuerdos lo obligan a uno a cambiar, ¿es qué estoy admitiendo que el pasado existe? No, no sería capaz… pero la memoria si, el recuerdo si, el laberinto adentro de mi cabezota si. Cuando recuerdo, me separo en tres: en el recuerdo, en el espectador y en el hombre que esta callado bebiendo su café en el presente. Y el espectador mira a ambos, camina de espaldas una considerable distancia para mirar las dos ventanas simultáneamente. El espectador es un hombre muy listo, él tiene la capacidad de juzgar ambas partes y de meter sus manos. Es inútil decir el enorme respeto que le tengo al escuchar sus palabras, sabias y duras.

Me llevé mis cosas, que eran pocas, al departamento de un amigo que me abrió sus puertas. Dejé a Ulises, cantándole a su mamá noche y día. Le envidié la canción de cuna… envidié que él quisiera dormir, cargando sus pecados encima. Mi amigo me debía varios favores en el pasado, así que no dudó en dejarme entrar. No hizo preguntas y nos pusimos al corriente en nuestras vidas, como hacen un par de amigos que tienen años que no se hablan y no se ven. Yo dije lo mío, sin añadir la existencia de Geraldine, de Ayer y de Pérez-Moldován. Es que no es necesario hablar de los deseos, banales, de trascendencia, de ir al baño, cuando uno se pone al corriente, ¿cierto? Hasta la fecha me he quedado con él, en lo que llega el momento indicado para terminarlo con todo.

Para dormir como es debido.

Mi jefe me invitó un café y me preguntó que si me encontraba bien, a los tres días de haber discutido con él por el teléfono… me miró duramente mientras inventaba una historia para dejar definitivamente el trabajo. Tomaba elementos de aquellas que había escrito cuando estaba aburrido y a medida que me escuchaba a mi mismo, pensaba que podría ser un excelente cuenta cuentos. Cuando terminé, le dio una mordida a su mollete, cortado con cuchillo y tenedor, y me preguntó si estaba en drogas o en apuestas, ya que es algo muy común que le suceda a cualquiera que esté dentro del rubro de la publicidad. Negué, me acerqué a él y le enseñé mis ojos. —Están rojos, ¿en serio no te estás drogando Hoy? —Por mi madre que esta mirando una ventana, un horizonte que termina ahí, donde se alzan los edificios y las nubes de humo. Mi jefe se carcajeó. —Cuando estés listo, regresa. Le sonreí. —Tal vez nunca esté listo. Él se encogió de hombros. —Ya estas huevoncito. Asentí.

Nos despedimos estrechándonos las manos y dándonos un abrazo. Reiteró su invitación y esta vez, solo respondí con un movimiento de cabeza. Finalmente comprendí lo que estaba pasando… me estaba despidiendo de él. Me estaba despidiendo, porque nunca lo vería otra vez. Nunca más, vería a nadie…

Saqué un cigarrillo y lo prendí. Me fui a casa de mi madre, debía despedirme de ella. Tal vez, y sólo tal vez, rompiendo los lazos de este mundo podría encontrar a Pérez-Moldován.

miércoles, febrero 02, 2005

XIII

Debo prender un cigarrillo antes de continuar con esta historia… es como despertar de nuevo. He despertado tantas veces ya, que deseo dormir pronto. Deseo dormir hasta el final.

—Las navajas Estefanía… las navajas deben estar bien afiladas, por eso no juegues con ellas.

Ulises se sentó al otro extremo de la mesa y le dio un sorbo a su café. Le ofrecí un cigarrillo pero me lo negó, había olvidado que él no fumaba. Aún recuerdo el aroma de café veracruzano, aunque no le di ningún sorbo. Miré a Ulises atentamente, le miré el mentón cuadrado, mismo que poseía la señora de las hijas muertas y esos ojos tristes, esas cuencas hundidas. En los labios y la nariz diferían, en uno era ancha, en otro era delgada. La señora, igual que él, debieron de ser muy apuestos en su adolescencia… debieron ser irresistibles para aquellos quienes deseaban descubrir misterios tan sólo por mirarles la cara, sin importar sus modos, sus expresiones… Ulises se mantenía callado y yo le observaba, un poco ansioso, esperando aquello que tuviera que decirme.

—El tiempo no existe —empezó Ulises, con un suspiro cansado—, el tiempo está en un sólo lugar. No hay pasado, no hay futuro… es un momento continuo. Cuando aprendes eso, entonces no hay marcha atrás. Es como si se te regalaran las pinturas para pintar el lienzo celestial. Para pintarte a ti mismo, en una autobiografía inventada que los demás —aquellos que creen en el tiempo—, aceptarán como realidad. Si nos detenemos a pensarlo no fue una coincidencia que vivieras aquí, conmigo, con mi hija y el fantasma de mis nietas. Estas aquí porque estoy pagando algún pecado que desconozco.

—Natalia… tú y yo sabíamos que era un drogadicto, tú y yo lo sabíamos.

—¿Tu hija?

Ulises sacó su cartera, buscó en ella y sacó unas fotografías en blanco y negro. Las deslizó por la mesa para que yo las tomara y como yo me lo había imaginado, el hombre se me presentó en todas sus edades pero diferente época. Era Ulises, vestido con un traje y corte inglés, peinado con la raya en medio, un reloj de cadena en el chalequillo ese que sólo se utiliza en algún evento formal. Era Ulises, en otro tiempo… otro lugar, usando unas ropas que ningún hombre común, en una fiesta común, soñaría utilizar hoy en día. Recorrí las fotos para encontrármelo, un poco más informal, sonriendo mientras abrazaba a una mujer y esa mujer, tenía a una niña en brazos… una niña de mentón cuadrado. Mas fotos de la mujer, de la niña, de ellos creciendo. Más fotos de un inexpresivo Ulises, de una sonrisa juvenil en la señora de las hijas muertas, de una mujer cuyo destino es inseguro pero fácil de imaginar.

—Yo también tuve deseos… yo también puedo alterar la realidad a mi gusto —dijo Ulises—, quise destruir el tiempo, quise buscar la inmortalidad y él se cobró. Pérez-Moldován —no sabes como busqué el nombre—, asesinó a mi esposa, la degolló y le tatuó un Jesucristo en el vientre, un árbol en el hombro derecho. ¿Sabes qué el deseo, cuando decides cumplirlo se convierte en un viaje sin retorno?

Esa fue la primera vez que escuché el nombre.

—Lo sé. ¿Quién es Pérez-Moldován?

—Escapé con mi hija y con deseos, con esos universos alternos que uno sueña, traté de crearle una vida casi perfecta. Si ella pudiera contarte, sabrías que hice bien… que sólo quise lo mejor. Escapé con ella y traté de esconderla, porque Pérez-Moldován no descansa, Pérez-Moldován es un perro que olfatea y cuando muerde, no suelta. Cuando me aseguré que mi hija podría crecer sin mi, me dediqué a buscarlo para vengarme de él…

—¿Quién es Pérez-Moldován?

—Nunca te hubieras ido con él, Natalia…

Ulises me miró y encontré en él una mirada vencida.

—No lo sé. Cuando lo busqué, encontré a muchos como yo, como tú, en todos los lugares, en todos los tiempos. Le conocían con distintos nombres pero su método era el mismo: Mataba los deseos, degollaba y tatuaba los deseos, se los devoraba y como si nunca hubieran existido, excepto para nosotros… que aún podemos ver los cuerpos, que aún sentimos la presencia de aquellos que no debieron morir. En mis viajes, algunos decían, los más viejos, que él fue el primero. Otros decían, los más jóvenes, que era el último. Y todos concordaban con que era único. Lo que tengo cierto es que los deseos de Pérez-Moldován son los más intensos, los más poderosos. Son deseos tan grandes —Y a veces, pienso en ello y descubro que son tan hermosos—, que son imposibles de anular. Es inútil desear que no exista, es inútil desear su muerte. Por más que le busqué para vengarme, no pude encontrarlo… pasaron años, años en los que mi hija creció y tuvo a su familia. Regresé en algún momento, deseaba vivir con ella y morir tranquilo, envejecer y morir. Despertar del sueño que se había convertido en deseo. Cuando regresé, Pérez-Moldován había hecho de las suyas con mi último deseo… las hijas de mi niña… igual que mi esposa…

Ulises se acarició la frente.

—Viviré toda la vida para pagar por mis deseos, de eso me encargaré… de no morir, hasta que explote la última estrella —y luego me miró, un débil brillo en sus ojos hundidos—, tienes hoy y mañana para recoger tus cosas y largarte. No quiero volver a saber de ti, no quiero nada que me recuerde mi pecado.

Asentí.

—¿Cómo puedo encontrar a Pérez-Moldován?

Ulises sonrió.

—Niño —me dijo—, de saberlo, tú y yo no estaríamos teniendo esta plática —se levantó y se acercó a su hija, a su madre, a su último deseo, le acarició la cara y la cabeza, le besó la frente y se arrodilló frente a ella. Le cantó una bonita canción de cuna, que no había escuchado antes:

Cierra tus ojitos, dulce amor,
con mi canción, olvidaré tu dolor,
las penas que te acosan
y los fantasmas que se asoman

Estaré abrazado a ti eternidades
hasta el final de todas las edades
Cuando el cielo caiga y se termine
El devenir, el tiempo ya se extingue