jueves, noviembre 25, 2004

IX

Algo que no puedo hacer mientras trabajo, es escribir. Me distrae, me roba palabras y energía. No hay una sana concentración. Sin embargo, tengo las letras en los dedos y no puedo cerrar la pantalla blanca hasta escribir al menos un inicio. Lo mío es servir a dos amos y temer quedarle mal a uno. Comprimir doscientos videos, puede ser una tarea por demás tediosa… pero hoy la aprecio, aunque no me permita escribir tranquilamente.

¿Qué sentido tiene escribir hoy? No lo sé. Alguien más tiene que saber… alguien necesita saberlo. Solamente necesito una persona que comprenda estas letras que escribo.

Llamé a Geraldine un par de veces más y ella nunca respondió. Ni casa, ni celular. Me encontré caminando en la calle, mirando hacia la ventana de su casa. La luz apagada en las tardes y luego naciendo, cada noche. No entendía lo que estaba sucediendo. No fue hasta la tercera, ayer, que decidí resolver la duda. Todo parecía normal en el edificio, hasta que llegué a la puerta del departamento de Geraldine y la encontré abierta. Toqué de todas maneras, nadie me respondió. Adentro se escuchaban murmullos y el sonido de una televisión prendida. Entré silenciosamente.

Al asomarme, miré hacia la sala donde el padre de Geraldine jugaba con el volumen del control remoto. Subía y lo bajaba. Estaba acostado en el sillón para tres personas, su rostro se veía algo gris y … estaba más viejo que la última vez que lo vi. Sin pasión alguna, él continuaba subiendo y bajando el volumen. En la tele se miraba el noticiero, hablando de los policías que habían linchado y quemado. Uno de ellos, con el rostro cubierto de sangre, daba una entrevista. En el sillón para una persona, se encontraba la madre de Geraldine arrodillada. Ella también se veía más vieja. Estaba llorando… rezando.

—Si no te hubieras ido con él, Geraldine… si no te hubieras ido con él.

—¿Con quién? —pregunté, sin temor de interrumpir. Pero me ignoraron, como si yo no existiera… como si, ni siquiera, fuera el vuelo de la mosca que distrae a los ocupados. Esa sensación… de estar y no estar, ¿dónde…? La señora volteó a mirarme y miró a través de mi. Yo era aire.

—Te recuerdo… la calle mojada… la lluvia en el pelo, ibas a encontrarte —estaba cantando. Curioso, el reportaje del policía medio muerto parecía acoplarse a la canción de la señora. Me alejé de ellos y fui a la habitación de Geraldine, un olor me invadió.

El olor del sexo de Geraldine, es una combinación de olores… entre el jabón, el shampú, el sudor. Es una receta de aromas que se conjuntan en una sola persona. Cuando camino solo en la calle, a veces me atacan aromas individuales e inmediatamente, se dispara el recuerdo del sexo de Geraldine. De las veces que me acerco a olerle el cabello, o la frente, o la muñeca, y nada más. ¿Y dicen que con té se disparan siete novelas de recuerdos?

Empujé la puerta…

Y ella estaba ahí.

Degollada, hincada… con la cabeza hecha un harapo apunto de caer, sus ojos muy abiertos, mirándome. Los labios entreabiertos. Con un tatuaje de un árbol en la espalda. No había sangre. Me llevé una mano a los labios y salí corriendo…

domingo, noviembre 21, 2004

VIII c

Esperé tener mucho trabajo esta semana, pero no ha caído ningún proyecto. Sigo con el proyecto anterior, pero no sabré de él hasta el lunes o martes, sólo se que el director del comercial dijo que no teníamos el casting, pero que ibamos bien. Yo entendería si hubiéramos presentado a veinte personas eso de ir bien, pero no… el video tenía a cien. Cien personas y ninguna de ellas le gusta.

No es bueno quedarse con un proyecto, ya quiero otro, ya quiero el que sigue. No tener trabajo me pone los pelos de punta, porque empezaré a utilizar el dinero que está en la cuenta y eso, básicamente, lo tengo contado.

¿A quién quiero engañar? La verdad es que quisiera tener trabajo como una distracción. He terminado los deberes escolares a tiempo. En tan sólo unas horas, me leí uno de los libros que tenía pendientes y preparé unas preguntas a manera de examen por si este llegara a ocurrir. Si me preguntaran en este momento acerca de la Reina Elizabeth y la dinastía Tudor en la historia de los ingleses, podría darles un fascinante tour hablado, con ademanes ensayados y efectos visuales preparados.

El ocio también es la madre del conocimiento.

Llamé a casa de Geraldine pero nadie contestó, he pasado por su departamento y las luces estaban apagadas. ¿Habrán salido de viaje? Decidí caminar por la colonia un rato, llegué a una glorieta y me senté un rato, a mirar la fuente apagada. Se estaba haciendo de noche y el agua estaba reflejando el sol que se escondía ya, detrás de un edificio. Un drogadicto indigente estaba a unas bancas de distancia, lo miré un rato… se puso a saltar y después empezó a jadear. Volteó y me miró a los ojos, me señaló y se echó a reír. Es la segunda vez que me pasa eso de que un drogadicto indigente me señale y se ría. Me pregunto, en un estilo de morbo, ¿qué ven en mi para reírse? ¿O se reirán de todos nosotros, en general?

—No lo sé, yo también me pregunto lo mismo —dijo Ayer. Otra de sus apariciones oportunas. Alcé mi vista y lo miré: llevaba una chamarra café de esas gruesas para el frío, una bufanda, un gorro y un tapabocas. Se veía cómico, no evité la sonrisa—. Se acerca el invierno, y es en invierno cuando me da más frío. Estoy enfermo…

—Me imagino.

—Voy a morir.

—¿Por un resfriado?

—No… pero moriré de todos modos —Ayer se sentó en la banca—. Ya se está cumpliendo este ciclo. No tardo.

Suspiré.

—¿Y qué te puedo decir, si apenas te conozco?

—¿Eso le dirías a tu hermano si vieras su fantasma?

—Lo más seguro —respondí secamente, no quería dejar ninguna duda—. ¿Eres el fantasma de mi hermano? ¿Quién o qué eres tú?

Ayer se quedó callado, se recargó en la banca. Fue el silencio el que me hizo escuchar su respiración flemática, sus jadeos escondidos por el tapabocas, sus ojos enrojecidos que perdieron brillo a medida que el sol se escondió completamente. No era ningún fantasma, a menos que ellos tuvieran que morir de nuevo.

—Ya te dije que somos lo mismo —dijo Ayer—. Yo también puedo cambiar el presente y hacerlo distinto, por medio de mis deseos. La cosa está en que tú y yo, no somos los únicos. ¿Te divertiste jugando con Geraldine?

Me recargué y prendí un cigarrillo.

—Si.

—Pues ya sabes cómo puedes cambiar las cosas. Ya conoces la facilidad que esto representa. Pero hay algunos de nosotros que no les gusta el cambio y lo erradican, lo eliminan a toda costa. ¿Te has puesto a desear la paz mundial? ¿Traer de nuevo el paraíso a la tierra y crear una utopia? ¿Por qué crees que no se materializa de la noche a la mañana? Lo has contemplado y sabes, de alguna manera, que no es sencillo porque hay una fuerza contraria que no lo desea.

—No tanto así —sonreí—. Soy un poco egoísta.

Ayer se echó a reír.

—Debo irme, no nos volveremos a ver —dijo Ayer—. Y parece que ella no vendrá de nuevo. Esta era nuestra despedida… caray.

Me encogí de hombros—. Tal vez no le veía futuro a la relación, ¿sabes? Estas muriendo.

—Tan seco como siempre. Algún día aprenderás a llorar la muerte y aceptarla —dijo él, pero no había ningún rencor en su voz. Tal vez, compasión. Buscó en uno de los bolsillos de su chamarra y sacó un pequeño libro—. Este es mi diario, te lo regalo.

Me lo dio, medio lo hojeé. Ayer se levantó y se fue, con las manos en los bolsillos y el rostro alzado. Me dio un poco de tristeza. Yo hice lo mismo, me levanté y fui a casa de Geraldine. Esta vez, las luces estaban prendidas… mejor me fui a casa, le llamaría mañana. Tal vez podría olvidar todo esto que sucedió, no más muertos en la memoria, no más deseos… una vida tranquila. Eso es lo que quiero.

viernes, noviembre 19, 2004

VIII b

Tengo miedo de desear y que todo se haga como yo lo quiero. Tengo miedo de no poseer ningún control en ello. Tengo miedo porque soñé a Ayer, tenía un tapabocas y sus ojos se veían rojos, enfermos. En sus brazos, cargaba a Geraldine muerta.

Qué imbécil, tengo el poder de cambiar todo y tengo miedo de utilizarlo. Algunos le llamarían madurez.

jueves, noviembre 18, 2004

VIII a

Ha pasado el tiempo y Geraldine no se ha comunicado conmigo, raro en ella… si siempre está llamando para contar cualquier nimiedad que se le ocurra en el momento. No quiero llamarle, no aún. Cuando terminamos aquella noche, deseé que su aspecto fuera como antes y ella conserva el recuerdo de esa noche como una de tantas más; una donde no sabemos como, pero acabamos con las piernas entrelazadas y el cuerpo mordido.

Meditando, descubrí algo: Puedo hacer que Geraldine o cualquier otra mujer sea lo que yo deseé, y por tanto… ¿de qué me sirve el deseo si puedo hacerlo realidad? Tenerlo a mi antojo, cuándo quiera y dónde quiera. Es cuestión de utilizar este nuevo poder y desear, desear, desear. Los límites son impuestos por mi imaginación y mis ambiciones. ¿Cierto?

Extraño a Geraldine, la de siempre… no la que quiero, no la que yo deseo.

martes, noviembre 16, 2004

VII

Ayer no terminé de contar en que terminó lo del fin de semana y bueno, no tenía mucho tiempo para hacerlo. Entre la flojera, la apatía, un poco el suspenso que me regalo a mi mismo. No creo que haya lectores escrutando o reflexionando en mis palabras. No creo que haya gente que se pregunte si lo que escribo es realidad o ficción. No lo creo, pero no es cosa de mi que los lectores lo crean. Es para mi recordarlas, repasarlas y meditarlas. No conozco a nadie que tenga mi blog entre sus ligas y... la verdad no me interesa conocer a los pocos que leo. Prefiero estar oculto, que nadie sepa de mi. ¿Timidez o presunción? Ninguna, habemos algunos que nacimos para ser mejor reconocidos como lectores que como escritores.

Ya... ya me separé del tema...

Geraldine vino con el suéter azul y los sandwiches. Llegó como a las siete, cuando ya no había sol y la mitad de mi trabajo ya estaba hecho. Estaba más nervioso de lo habitual y ella lo notó. Cuando suelo estar nervioso me abraza, me hace mimos, me habla despacito. Si ninguna de las anteriores funciona, se queda en silencio y evita mis ojos, me mira cuando no me "fijo". Y así hicimos, comimos los sandwiches sin que ninguno de los dos pronunciara palabra. No hubo oración de las gracias. Cuando terminamos, ella me acompañó un rato en la sala de edición. Su último intento fue contarme de su día, de sus clases de teatro, de la obra en turno.

No supe como decirle que estaba, mentalmente, tratando de cambiar su suéter de azul a rojo. Tres veces miré su suéter, intensamente, y tres veces me preguntó--: ¿Qué? ¿No te gusta? --Y exclamó después--: ¡Si tú lo pediste! --siete veces le respondí--: Me gusta mucho (en distintos tonos y diversas palabras). Y mi mente se dijo--: ¿Por qué carajo no cambia de color?

Ella quiso irse en algún momento y le dije que no, que se quedara un rato más... que su compañía me relajaba, que me animaba a continuar mi trabajo. En mi estado habitual, uno donde Ayer no existiera, eso lo hubiera interpretado como que buscaba sexo esa noche. ¿Cómo podría explicarle que intentaba desquebrajar la realidad y transformarle una prenda de un color a otro con el poder de la mente? ... Sería más fácil utilizar el poder de mis pies e ir a una tienda para comprarle un suéter de otro color.

--Lo que tú deseés --dijo ella sonriendo y me guiñó un ojo--. Hubiera traído mi libreto, que bueno... ya mucho lo tengo memorizado, pero aún así. ¿Vas a tardar mucho?

Alguna vez leí una historia de Sherlock Holmes, no escrita por Conan Doyle... Era otro autor, uno muy leído... no recuerdo el nombre. En esa historia, quien resolvía el caso era Watson. Aún recuerdo vívidamente como a Watson se le aceleró la respiración y le dijo a Sherlock, en un estado de excitación--: ¡Ahora sé lo que tú sientes!, es como si lo viera todo en un sólo punto... absolutamente todo. ¡Con esta emoción, no hay necesidad de soluciones al siete por ciento! ¿Así te sientes Sherlock?

Una conciencia se despertó en mi.

--El libreto --dije yo--, lo dejaste en la mesa donde estuvimos comiendo. ¿Por qué no vas a buscarlo?

Geraldine me miró un tanto extrañada, pero no dudó. Geraldine nunca duda cuando pongo cara de convicción. Después fue natural...

--Cierto, lo olvidé --dijo avergonzada. Se retiró un momento y regresó con su libreto en las manos. El libreto de algún universo paralelo, donde ella nunca lo olvidó. El "hubiera" más sencillo. Me tapé el rostro de la emoción y di un brinco... no estaba loco. Recordé cuando de niño, había leído en los periódicos, en alguna sección de particulares, la parte de las oraciones milagrosas. Las instrucciones para que estas se cumplieran. Recordé cuando me arrodillé en mi habitación y recé catorce "Aves Marías", veintiún "Padres Nuestros", para que Dios hablara conmigo, para que Dios me regalara fortuna y la paz del mundo, porque no era tan egoísta. Y recordé la decepción que tuve, cuando al despertar no había montones de dinero en ningún lugar, ni siquiera una nota de disculpa de Dios, por no haberme cumplido el capricho milagroso.

Pero esta vez... esta vez, el libreto estuvo ahí... ¡El libreto estuvo ahí, dónde yo deseé que estuviera!

Y después todo fue tan sencillo... besé a Geraldine con el triunfo. Con mis deseos, el color de su cabello cambió de rojo a amarillo y luego a un negro profundo. Y después, la forma de su cabello también... no me decidía entre rizado, lacio, corto o largo. Sus ojos almendrados, sus ojos grandes, sus ojos de regalo. La llevé al baño de la oficina, la obligué a mirarse al espejo mientras le quitaba el suéter azul y la blusa de tirantes que traía abajo. Y sus caderas se ensanchaban, sus senos se achicaban a mi voluntad y ella era Lilith. Dios, mucho gusto. Su piel negra, su piel bronceada, su piel amarilla... ella se miraba al espejo, mientras le mordía su hombro, que no era siempre el mismo tan sólo porque se llamaba Geraldine. Ella tan sólo miraba al espejo como cambiaba, como si fuese natural que en ella se escondieran todas las Geraldines de todos los universos existentes... y no lo sabía... ella no lo sabía...

Ella no supo esa noche, que se convirtió en todo lo que yo deseé.

domingo, noviembre 14, 2004

VI

Este fin de semana empezó con un terror genuino de salir de casa. No quise arriesgarme a que todo cambiara frente a mis ojos. No quise de nuevo encontrarme a Ayer, quien se había convertido de un simple misterio a un Dios travieso, perverso… un Loki. Fue una mala trastada lo que hizo con la chica del suéter, estoy dudando de mi cordura cuando no lo había hecho antes. Pensaba encerrarme: no salir, no llamar a Geraldine, no escuchar a la señora de las hijas muertas… pero sonó mi celular y me avisaron que debía editar de urgencia. Se me había olvidado por completo mi proyecto.

Al otro lado de la línea, mi jefe hablaba de los personajes, de los órdenes de edición, de las cien personas que debían estar recortadas para el día de mañana. Hablaba y yadda bla bla, como si no entendiera la importancia de que el azul se convirtiera en rojo por la santa voluntad de un sueño. ¿Y cómo iba yo a explicarle eso sin parecer un loco? Dejé que mi boca respondiera mientra pensaba lo rápido que caminaría y lo mucho que me esforzaría por cerrar los ojos en el camión. Me enfoqué a mi trabajo… cien personas, cien personas… mi fin de semana estaría arruinado. Bonito. No podría encerrarme en … azul o rojo. ¡Mierda!

Salí… el trabajo me ayudaría a mantener un hilo a tierra. Y como me prometí, caminé rapidito, sin mirar a nadie y hablé absolutamente lo necesario—: ¿Cuánto es, mi estimado señor operador de la unidad automotriz 45001 vestido de azul?

En cuánto llegué, me compré una cajetilla de cigarrillos y el refresco de siempre… no, no saludé, no hice plática con el señor de la tienda.

De niño pensaba que quería formar parte de algo que moviera los cimientos de la realidad y me descubriera algo distinto. Que me descubriera la manera en que el universo puede quebrarse y estar preparado para ello. La ruptura de la realidad. Pensaba que ser loco era la manera más sencilla de hacerlo.

Ya no estoy tan seguro. Que espantoso dejá vù continuo.

Agustín hablaba de eso… es una de las cosas que le robé, que asimilé de él. Hablaba de cuánto quería tener el poder de cambiar las cosas en sus manos. Ayer me dijo que yo era como él, que yo también tenía el poder de “cambiar” las cosas, ¿qué tiene esto que ver con los universos paralelos? Para mi, un universo paralelo significa algo tan sencillo como: ¿Y si hubiera? Y de ahí, uno puede reinventarse de nuevo. Construir a través de frases sencillas, la vida compleja que pudo haber sido. ¿De eso hablaba Ayer? La chica cambió drásticamente al tener un suéter rojo en vez de uno azul. Un color, una diferencia importante, un viaje más incómodo en el metro. Un “hubiera”.

Cuando llegué a mi trabajo, mi jefe me repitió más lentamente lo que ya había dicho por el teléfono. Me sonrió y se despidió de mi, tenía que ir a Texcoco a cumplir deberes con su novia. Al irse, miré la lista de edición y negué lentamente: Cien personas, no saldría esta ncohe. Tan sólo de bajar material, serían alrededor de cuatro horas. De edición, serían aproximadamente dos horas… y así, uno va acumulando horas. No minutos, no segundos. Pensé que el trabajo me ayudaría a meditar cuando el celular sonó de nuevo.

—¿Hoy?

—Si, ¿qué pasó Geraldine?

—¿No nos veremos?

—No creo, tengo mucho trabajo…

—¡¡Pero te extraño mucho!!

—Si nos vimos hace unos días… aunque no hay nadie en la oficina.

—Puedo pasar por ahí, ¿ya comiste?

—Si traes comida, si quiero. No he comido nada.

—Entonces te llevo un par de sandwiches, no quiero que mi chiquito se enferme porque no come.

—Está bien… si. Geralda, ¿me puedes hacer un favor?

—No me digas Geralda.

—Trae tu suéter azul.

—¿Y eso?

—Tú nada más traelo.

—Okaaaay. Nos vemos en un ratín.

Colgó.

Me dio curiosidad. ¿Podré hacerlo? Tal vez no me esté volviendo loco… y si soy un loco que puede ser Dios… creo que nada importará, esa línea delgada entre la cordura y la locura, entre el tatuaje de un árbol y Jesucristo, entre el rojo y el azul.

jueves, noviembre 11, 2004

V

La Ciudad de México es un panorama difícil. Es un perro bien alimentado de sus propios ciudadanos. Es nuestro monstruo particular y es responsabilidad de cada uno de nosotros, quienes lo hemos construido. La ciudad de México es como las fotos de Sorry Everybody que se han tomado los gringos: donde algunos huyen de la responsabilidad del niño que han malcriado, mientras que otros le enfrentan con valentía. Y otros tantos, la mayoría que no da la cara, se sienten responsables y sobre todo, resignados. Como una redención, adoramos al monstruo creado y que este nos coma, no tenemos ningún derecho a reprocharle. ¿Y por qué permito que mis pensamientos se extiendan tanto?

Fácil, hoy el metro estaba lleno.

No venía de humor… acababa de presentar una exposición acerca de Gloria Sawai, una escritora canadiense que hizo su fama a los setenta años. Expuse su cuento más leído, cuyo título malamente traducido es: El día que me senté con Jesús en el solar y el viento sopló abriendo mi kimono y Él miró mis pechos. Un poco largo el título ¿eh?, Está traducido en una antología de cuentos canadienses editado por la UNAM. El título del cuento resume todo lo que pasa, así que dense una idea. Ya había acabado la exposición para cuando estaba en el metro (obvio), pero la tensión de exponer en otro idioma (inglés) aún me tenía con un tick en el ojo. Y la gente, la gente se arrejuntaba como un grupo de bueyes donde tuve la mala elección de ser el buey que estaba hasta el fondo. Me apretaron como nunca.

Entonces volteé y encontré que Ayer estaba a mi lado, sonriendo. Vaya modo de aparecerse. Acaso… ¿Es un ángel? ¿Un dios? ¿Algún delirio mental? Que importa, en ese momento, él parecía entenderme más que nadie. Su sonrisa creció como la de algún gato perverso.

—Vine a buscar a mi novia, pero no la veo en ningún lado —dijo Ayer y suspiró un poco—, siempre me hace lo mismo. Ya la veré mañana.

—¿La viniste a buscar al metro?

Él se rió—: Suena un poco raro, pero así es. Mala elección para ver a una chica, y más a esta hora.

—¿Aquí? ¿En el vagón? ¿En este vagón? ¿En este metro? ¿No es más fácil adentro de cualquier estación?

Él se acarició la cabeza y me miró un poco avergonzado, ¿dónde había visto esa mirada?

—Mi novia y yo no nos vemos desde hace dos semanas. No es porque no queramos vernos, más bien es porque nos inventamos el juego —Antes de que le pudiera preguntar, él continuó—: Ella y yo inventamos un juego donde nos citamos en un lugar y en una hora, de manera ambigua. Tan sólo nos damos pequeñas pistas. Si realmente nos vemos, será por casualidad o porque el destino así lo quiso. Hasta el momento, nuestro pequeño jueguito no ha funcionado pero prometimos no hacer trampa.

—¿Cómo se puede hacer trampa en un juego como ese? ¿Incluyendo un mapa en una botella de papel y dejárselo al otro en su casa? —dije medio burlón y Ayer sonrió.

—Podría funcionar —dijo Ayer, tomándosela en serio. Y nos callamos un rato, nos quedaban cuatro estaciones y mil empujones más.

—¿Crees en los universos paralelos?

—Si, si creo —respondí.

—Mira a la chica de suéter azul —me dijo Ayer y la señaló con la mirada—. Mírala bien, no te lo vayas a perder.

Le hice caso. La chica pasaba desapercibida, era un azul casi grisáceo, falto de vida. Una de tantas tonalidades azules que me gustan mucho. Parecía muy tranquila, un poco agobiada por la cantidad de gente pero eso era inevitable. Se mecía un poco por el movimiento del metro… no parecía aferrarse fuertemente al tubo. Ella seguía tranquila su viaje.

—Hoy… no existe ningún futuro, porque el futuro se come así mismo mientras vivimos el presente… y no existe el pasado, porque el pasado muere en el momento que el tiempo sigue su marcha —dijo Ayer, el movimiento del metro en el túnel tan ad hoc, parecía uno de esos momentos perfectos—, todo el tiempo está en un sólo lugar, en este instante que me escuchas. Continuamente avanzando. El tiempo sólo es uno. No hay nada que hacer por esa chica de suéter azul. En teoría, era inexorable que lo utilizara hoy. ¿Me entiendes?

—Creo que si.

Llegamos a la siguiente estación y miré a la chica de suéter rojo, me sentí triste: ¿tan condenada? ¿tan predestinada? … ¿suéter rojo? Miré a Ayer y este esbozaba una sonrisa perversa. Suéter rojo. La mirada de la chica había cambiado, estaba enojada y más agresiva. Su cara resaltaba más, se veía mucho más atractiva. ¿Un simple color había hecho la diferencia?. Las puertas del metro se cerraron, gente salió y gente se enlató. La chica del suéter rojo tenía un tipo atrás que se le pegaba ocasionalmente y ella volteaba a mirarle molesta, trataba de despegarse, de alejarse pero la gente… tanta gente.

—Tú eres como yo —dijo Ayer, no podía despegar la mirada de la chica de suéter rojo—. Puedes ser lo que otros quieren que seas o bien, ellos serán lo que tu quieras.

Cuando volteé a mirarlo, él había desaparecido.

miércoles, noviembre 10, 2004

IV

No hemos tenido proyectos esta semana. Más bien, hemos tenido pocos. No he visto a Ayer en estos días, ni en la escuela, ni me lo he encontrado misteriosamente cerca de dónde vivo. Tampoco lo he vuelto a ver en algún sueño. Es como si él estuviera esperando o bien, como si yo le huyera. O viceversa. No entiendo nada de lo que está sucediendo, pero me esta gustando el misterio. Seré paciente y esperaré, rara vez me doy el lujo de dejarme vencer por mis impulsos.

Ayer, al llegar a casa, escuché un rato a la vieja platicar con su hija Natalia (la primera muerta). Estefanía (la segunda) no fue nombrada en esta ocasión. Ella misma le dijo al sillón rojo manchado de mugre—: Creo que te he estado prestando poca atención Natalia, de haber sabido antes, jamás te hubieras metido con ese drogadicto, pero para eso es el presente, ¿verdad, mi niña? Si ahora estas conmigo aquí puedo cuidarte y protegerte.

La vieja miraba al canto de la puerta, donde yo estaba recargado, pero como si yo fuese aire. Ayer no existía. Uno debe preguntarse como una vieja “loca” como ella me cobra la renta del cuarto: sencillo, su hijo Ulises viene cada quince días a cobrarme las michas. Es un hombre de cuarenta años, paciente, muy amable. En mi ha visto un muchacho noble, honesto y trabajador. Por eso me deja solo. Sabe que en cierta forma le hago compañía y le cuido a la madre.

La señora de las hijas muertas, a veces recuerda mi presencia y a veces no. No está loca, no señor, ella esta más cuerda que todos nosotros juntos. Siento que actua y que algo está escondiendo, detrás de todas esas pláticas con sus hijas muertas. Probablemente estas ni existan, jamás le he visto ninguna fotografía de ellas, aunque bien… tampoco he visto ninguna de Ulises. Él debe ser el mejor de sus hijos, o digo eso porque me permite tener a mi amiga en la casa, siempre y cuando sea callado, discreto…

Mi amiga se llama Geraldine, ella lo pronuncia Yeraldin, yo le llamo Geraldina o Geralda. Cuando le cambio el nombre, se sonroja un poco y se queja debilmente. Es mucho menor que yo, como unos seis o cinco años. Nunca me he molestado en pedirle la edad pero según las leyes, ella ya tiene decisión para acostarse conmigo. Es un juego tierno el de nosotros, empieza lento y suave. Es como convencer a una virgen, empezando con los muslos o acariciándole el vientre. Es pervertir al angel. Hablándole bajito al oído y advertirle que no tenemos que hacer mucho ruido… porque abajo, esta la vieja hablando al sillón rojo y manchado de mugre, o al sillón purpura muerto por algún gato. No querríamos que ningún gemido nos interrumpiera, le digo jugando y ella los contiene deliciosamente. Me los entrega a medias o a cuartos, mordiendo la sábana o mi hombro.

Cuando terminamos una vez, Geraldine me dijo que se sentía incómoda porque sentía la presencia de las muertas. A mi no me importó, continué el juego de convencer a la niña siempre virgen. Le convencí de que dejara de rezarle a los santos y que sintiera un poco de calor conmigo. Me olvidé de hermanos muertos, de trabajos difíciles y de ayeres…

lunes, noviembre 08, 2004

III

Los fines de semana son lentos. Son tranquilos para una persona como yo. En ellos me dedico a leer los textos que me dejan en la Universidad. A veces paso por la oficina para empezar algún trabajo, comentar algo o navegar en Internet. La oficina es como mi base de operaciones, mi sede computarizada. Los sábados en la noche, por mi carencia de amigos (curioso… me viene a la mente la imagen de mi hermano Agustín, quien era muy sociable), salgo al supermercado y hago las compras. Alguna vez leí uno de esos estudios ridículos, donde dicen que es en las noches cuando la mayoría de los adultos jóvenes (hombres) hacen sus compras. Supongo que es por el trabajo, porque el día lo ocupamos para las obligaciones más extenuantes o bien, porque a los hombres nos avergüenza que nos vean comprando y metiendo cosas en un carrito, sin ninguna pareja que nos acompañe o que elija la fruta por nosotros. A mi, mi madre me enseñó a escoger los aguacates y con eso me basta.

Hace cuatro o cinco años de esta rutina en los fines de semana.

Hoy fui a la Universidad. Mis clases son diurnas-nocturnas, con enormes separadores de tiempo libre. Hoy, por ejemplo, tengo un descanso de tres horas entre clase y clase. Descanso que ocupo para ir a la biblioteca, pasear entre facultades, buscar algo que comer o nada más sentarme en algún lugar y ver como la gente pasa, en fast forward o en slow rewind. Los miro y les envidio los cinco o siete años menos que tienen. No es nada fácil crecer, no es nada fácil ser adulto. Eso quisiera decirles con una sonrisa burlona. Y la dificultad crece exponencialmente con cada año. De ello deberían hacer algún estudio, me sacaría una enorme carcajada.

En eso estaban mis pensamientos cuando el hombre del cabello castaño claro, casi rapado, se acercó a la banca donde estaba sentado y esperando que el tiempo pasara segundo por segundo. Tres horas así pueden ser muy largas, pero soy muy paciente y sucesos extraños como ese me pueden animar el día.

—Mi nombre es Ayer, ¿cómo te llamas tú? —Me preguntó, un tanto extrañado. Le noté una cicatriz en la ceja que se le marcaba cuando fruncía el ceño. Saqué mi cajetilla de cigarros y le ofrecí uno. Él lo negó, señalando su garganta. Yo también estaba nervioso.

—Ayer es un nombre un tanto extraño —sonreí—, pretendamos que me llamo Hoy.

—Estoy aquí esperando a mi novia —dijo Ayer—, en verdad no pensaba encontrarte. Es más, nunca esperé encontrarte.

—¿De plano? —pregunté, como si tuviera idea de lo que estaba pasando. Traté de recordar el sueño, pero nada me venía a la memoria.

—Si. Ansina es —dijo. Raro—. En fin, parece que ella no vendrá… mucho gusto en conocerte Hoy. Más tarde te diré que tienes que hacer.

Asentí, lentamente, medio burlón. Qué magnífico día. Lo miré irse y perderse entre el cúmulo de imágenes, borrones de colores, que son las personas. Un sabor extraño recorría mi paladar y aunque mi cerebro seguía preguntando qué había sucedido, decidí esperar. Después de todo, era lo más interesante que me estaba sucediendo en mucho tiempo.

viernes, noviembre 05, 2004

II

Estaba jugando en la computadora. Era una rana intergaláctica, aventando bolas de colores para destruir más bolas. Si estas llegaban al final, perdía; así de fácil. No me gusta perder, ni en lo sencillo, ni en lo complicado… esto se debe a que son pocas las cosas que me apasionan, que me despiertan de un letargo continuo en el que los días se me van como gotas de agua cayendo en un fregadero de porcelana. Debería conseguirme un hobby, me digo en ocasiones, uno que despierte algún lado artístico o creativo.

Intenté mantener un diario y fue un fracaso rotundo, el cuaderno que elegí especialmente para la tarea de “guardar mis más preciados pensamientos y sentimientos”, terminó siendo una agenda y después, feneció arrumbado en algún rincón de mi cuarto. Mi diario se convirtió en una fotografía sepia. Hoy en día, aunque estoy estudiando literatura, no aspiro ser escritor. Sé que no soy bueno. A mi sólo me gusta leer. Además, terminaría siendo parte del círculo vicioso de la literatura decadente. Un ridículo.

Agustín, mi hermano, soñaba con ser fotógrafo. Me acuerdo que en la comida hablaba mucho y yo le escuchaba paciente, era la manera de callarlo más rápido. Hablaba de que le tomaría fotografías a modelos bonitas y a paisajes increíbles, mientras la sopa se le escapaba de la boca. Era un hombre apasionado, pero se necesita más que pasión y agallas para ser bueno en algo. Se necesita talento. ¿Y qué hago recordando tanto a mi hermano? No lo amé. Ni siquiera le quise.

Al terminar mi juego, salí un rato a caminar. Aprovecharía para comprar una coca cola y unos cigarros, el combustible del hombre moderno. Los viernes no tengo clases, todos los fines de semana serían un tanto aburridos si no fuera porque en mi trabajo no existen horarios. Y tanto puede haber mañana, como no… es un alivio vivir sin saber qué pasará mañana, en algo tan monótono y rutinario como un trabajo. Caminé, caminé… crucé avenidas, recorrí cuadras gigantes, un gran círculo antes de llegar a la tienda. Me gusta observar.

Y como el ángel que se le apareció a José, un hombre de playera gris, sin marcas y sin otros colores. También vestía jeans deslavados, un collar con un dije que no reconocí. Él esperaba recargado en un poste. Su cabello era castaño claro, casi rapado, tenía labios gruesos y una barba mal afeitada. Lo seguí mirando, no podía apartar la vista. Le reconocí como lo había visto en mi sueño.

Era Ayer.

Caminé para acercarme —impulso personal— y cuando me di cuenta, el hombre extendió su brazo y un microbus paró a recogerlo. Se fue a unos pasos de alcanzar mi deseo oculto. El sueño se rompió.

Si fuera supersticioso, me sentiría maldito por quebrar el destino.

I

Mi hermano decía que una historia empieza a partir de un sueño. Él decía que el sueño es el disfraz de un deseo oculto. Nunca quise concederle la razón, porque soy escéptico hasta de los ingredientes que el señor de la esquina vende como tacos. Además, a mi hermano lo encontraron muerto hace cinco años después de haberse perdido durante dos. Tenía un tatuaje de Jesucristo en el pecho y el tatuaje de un árbol, cubriéndole toda la espalda. Su cuello estaba rajado, pero no había señales de sangre. Lo limpiaron y lo movieron de lugar dijeron los policías; el más viejo de ellos tenía cara de duro, como los había visto en la tele. Mi madre quedó devastada y se encerró en un silencio de mujer sumisa, que nunca fue característico de ella. Me pregunto… ¿mi hermano habrá soñado su muerte y se le cumplió? Una muerte tan bíblica y mitológica. Hay gente que sueña morir así, con símbolos marcando su cuerpo.

Si debo ser honesto, no me dolió la muerte de mi hermano. Me dolió más cuando se perdió un día y no lo volvimos a ver. Mi madre rezaba cada noche por él y revisaba ventanas, sin embargo no hablábamos del tema. Era como si ella supiera que él se había ido por voluntad propia y esperaba un regreso como el del Hijo Pródigo. Se llamaba Agustín, aunque no heredó nada en vida, tan sólo una personalidad seductora. Él se perdió a los veintiún años, y yo estaba a punto de alcanzar la mayoría de edad, sólo me faltaban tres meses. Rara vez platicábamos. Nuestros caminos se partieron acabando la infancia e iniciando la pubertad. No fuimos los hermanos cómplices que se muestran en las películas. Tan sólo viejos conocidos, nada más.

Yo dejé mi casa tan pronto el hermano de mi madre le ofreció un hogar. Él es exportador e importador de cosas misteriosas o cosas que no me interesan, ambas opciones son válidas. Me da a mi una modesta mensualidad que me permite sustentarme y rentarme un cuarto en casa de una vieja que se la pasa platicando con sus gatos y sus dos hijas fallecidas. Para no dejarlo ahí, trabajo en una casa de casting —o castinera como le dicen los argentinos—. Cada quincena meto mi sueldo a la cuenta de banco donde el hermano de mi madre deposita el dinero. Sigo estudiando Literatura en la universidad porque me gusta, estoy seguro que si compartiera la muerte de mi hermano en un cuento, lo hallarían tétrico y me mandarían a vivir un poco más, para adquirir un poco del humor negro y la decadencia de la que están envueltos los escritores contemporáneos.

Soñé con un hombre llamado Ayer, soñé con que me lo encontraría el día de mañana y el sueño fue tan nítido, como si tuviera a mi hermano desangrado enfrente una vez más. Mi hermano decía que un deseo oculto se disfrazaba de un sueño y quisiera preguntarle más, si tan sólo él estuviera vivo.